«Wabi sabi»: la belleza de lo perfectamente imperfecto

Vivimos con la presión de ser felices todo el tiempo, de buscar la perfección en cada momento que pasa, de temerle al fracaso, mantenernos jóvenes y radiantes a costa de todo. Está por demás decir que se trata de una búsqueda irracional e irreal que lo único que trae a nuestras vidas es ansiedad al no lograr encajar con los conceptos estéticos de un mundo que día con día valora más lo eterno e impoluto.

Solemos olvidar la fragilidad de nuestras vidas, que somos seres humanos y que nuestros actos pocas veces serán trascendentales; olvidamos que algún día envejeceremos y como aquella leyenda de origen árabe: olvidamos que esto –nuestra juventud, nuestra abundancia, nuestra «suerte»– también pasará.

En el antiguo Japón, muy alejado a la idea occidental de buscar la belleza en la perfección y la simetría, se acuñó el término wabi sabi para referirse a la esencia más pura de la estética japonesa: encontrar la belleza en lo efímero, en lo imperfecto, lo rústico y lo roto. Wabi sabi reconoce tres sencillas realidades: nada dura, nada está completado y nada es perfecto.

La historia de wabi sabi está intrínsecamente ligada con el budismo, que señala que la sabiduría viene de vivir en paz con nuestra mortalidad, imperfecciones y nuestra naturaleza humana, y con la filosofía zen, que presenta a la naturaleza y sus constantes ciclos de vida y caminos imperfectos como el enfoque ideal para la meditación y un modo de entender nuestro vacío.

Wabi sabi defiende que las cosas son mucho más bellas por llevar las marcas del paso del tiempo y la individualidad; ajeno a la belleza de la juventud, respeta y enaltece lo modesto, lo etéreo, lo frágil y efímero. En un primer nivel, wabi sabi es una idea relacionada con cerámica, ceremonias de té y la historia resiliente de Japón; pero en otro nivel representa una lección para todos nosotros: encontrar paz en la imperfección, en la melancolía y en nuestro propio envejecimiento.

Significa darle una segunda oportunidad a lo que en un principio miraríamos con desdén y desprecio; buscar la belleza de una taza de té, en un rostro cubierto de arrugas, en la luna menguante cubierta de nubes o en un espacio rústico e imperfecto; encontrar una satisfacción en los momentos de mayor humildad.

Se trata, al final de todo, de incluir detalles en nuestras vidas y nuestros espacios que nos recuerdan nuestra naturaleza; las antigüedades, los objetos desgastados; la sencillez de la imperfección y el minimalismo de la humildad. Sin olvidar que esto no es algo en venta, es un regalo que te da el tiempo.

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