Viaje a Escocia en tres Whiskys

Lo digo con vergüenza: nunca he estado en Escocia, el lugar donde nació el whisky y al que el filósofo francés Voltaire decía voltear cuando decía que quería «tener ideas sobre lo que es una civilización». He escuchado a decenas de conocidos regresar embelesados por sus campos verdes y por las visitas a sus famosas destilerías. Es una travesía que sé pendiente y para la que me he ido preparando de maneras menos ortodoxas que leyendo guías para viajeros. Lo que yo he hecho para acercarme a Escocia es tomar whisky. Más que eso, he procurado aprender a tomarlo y a apreciarlo, aunque la tarea es infinita —si adentrarse al mundo del vino es complicado, el del whisky lo es un poco más—, ya que hay que aprender innumerables datos sobre clasificiones y regiones de las que los expertos me han hablado lo que me han parecido días enteros, mientras yo, aprendiz, trato de armar —por medio de los sabores y aromas del licor que más los caracteriza— los paisajes escoceses, con castillos a la orilla de hermosos lagos enmarcados por montañas azules.

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Para adentrarse a la cultura del licor al que el escritor George Bernad Shaw se refería como «sol líquido» —que es, prácticamente, un primer paso para acercarse a Escocia—, es importante asistir a catas. Esto puede convertirse en una tradición, digamos bimestral, para enriquecer la vida social y aumentar la cultura del paladar. Las hay privadas o públicas, muchos restaurantes organizan las propias. Una vez que uno empieza a asistir, la información donde sobre habrá una siguiente llega sola.

A la que asisití de manera más reciente, fue a una organizada por The Glenlivet, single malt que se produce en el Valle de Livet desde 1824. Sus etiquetas son de por sí excepcionales y una cata a solas ya sería suficiente disfrute, pero lo que resultó un giro inesperado fue que la firma sugirió un maridaje dulce. ¿Whisky con postres? Ya que este licor suele tener notas de caramelo y frutos secos, la idea no sonaba alocada, sino deseable. La propuesta fue tomar tres whiskys, cada uno con dos postres, todos creados por la joven chef Sofía Cortino, quien antes de convertirse en la Chef Repostera del Hotel Carlota —venue del evento, ubicado en Río Amazonas 73, Ciudad de México— trabajó en cocinas como la de Pujol (Enrique Olvera, México), la de Dos Palillos (Albert Raurich, Barcelona) y la de la pastelería boutique Pierre Hermé en Parós. Sus ideas fueron refrescantes, ya que los postres eran pequeños y de inspiración lúdica, ideales para una noche calurosa como las que ya comienzan y perfectos para quitarle un poco de solemnidad al whisky y hacerlo más amigable al combinarlos con comida dulce. Para quienes quieran repetir el experimento, el menú fue el siguiente:

 

The Glenliver Founder’s Reserve —con notas afrutadas de naranja, pera y manzana caramelizada— marida con mandarinas y chocolate (la chef preparó pequeñas paletas heladas de mandarina que cubrió con chocolate amargo) y con manzana, caramelo y mantequilla (que ella tradujo en un delicioso crumble).

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The Glenlivet 15 —mi favorito de la noche, cremoso, con sabor intenso, almendrado y especiado— combina con chocolate oscuro, plátano y canela, además de con un placer tan sencillo como un pequeño financier (que la chef Sofía acompañó con un helado de mango y cardamomo para exaltar las notas frutales y de especias que hay en este whisky).

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The Glenlivet 18 —whisky profundo, especiado y tropical, con notas finales de uva pasa— fue maridado con un arroz con leche, acompañado de vainilla, uvas pasas y flores de azahar para resaltar las notas florales del espirituoso y con un bombón de chocolate con leche, caramelo y maracuyá que sirvió para dar contraste con su dulzor cítrico.

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Revelado lo anterior, el maridaje puede imitarse en casa sin ningún problema. Quizá sin el toque mágico que otorga un chef, pero sí con el sabor especial que da la expectativa de ateverse a probar algo nuevo y, además, prepararlo. Mi recomendación personal: The Glenlivet 15 con helado de chocolate oscuro acompañado de rodajas de plátano dominico. Escocia suena lejos, pero —en realidad— está apenas a tres whiskys de cualquier lugar.

Fotos cortesía de The Glenlivet.

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