UNA DOSIS DE VERDAD

Pocos hablan de la adicción a la guerra. Salvo excepciones, como la película The Hurt Locker la narrativa épica estadounidense deja fuera a los civiles y militares, hombres y mujeres, que se vuelven adictos al frente de batalla. Y éste es uno de los temas que aborda en sus memorias Kim Barker, ex corresponsal de guerra en Afganistán y Pakistán para The Chicago Tribune. Entre 2004 y 2009, esta reportera oriunda de Montana cubrió eventos y desastres internacionales como el tsunami en el sudeste asiático, el asesinato de Benazir Bhutto y la guerra que Estados Unidos libra desde hace 16 años en Afganistán y que el americano promedio hace rato que ha olvidado.

El trabajo de Kim fue premiado varias veces, pero su figura se hizo conocida fuera de los círculos periodísticos gracias a la película Whiskey Tango Foxtrot (2016), protagonizada por Tina Fey y basado en el libro de Barker The Taliban Shuffle: Strange Days in Afghanistan and Pakistan, relato de sus vivencias como corresponsal. Sus dificultades para mantener una vida amorosa mientras pelea con su galán por una primicia, las sesiones de karaoke con otros corresponsales y las fiestas improvisadas al calor de las bombas son algunas de las anécdotas que arrancan carcajadas en el lector, así como temas femeninos como el código de vestimenta en los países islámicos y los prejuicios que las mujeres occidentales tienen sobre sus pares en esa región.

Pero también hay lugar para reflexiones serias: lo absurdo de una guerra orquestada por la potencia más grande en el país con una de las mayores tasas de analfabetismo y miseria. Y las razones por las que muchos eligen dejar sus vidas confortables en Occidente para reportear durante meses sin un baño o red de agua potable. La respuesta, dice Kim Barker, tiene poco que ver con la voluntad de cambiar el mundo: por el contrario, Kabul representa una puerta «de escape de responsabilidades y matrimonios fallidos y la promesa de reinventarse». Lo que no quiere decir que todo eso esté mal, se apura a decir la escritora, que en ningún momento esconde su propio ejercicio de mea culpa. Pero su obra tiene la valentía de asumir lo que pocos confiesan. Kabul es, para la mayoría de los occidentales, «una dosis diaria de adrenalina, una línea extra en el CV, una fábrica de dinero», admite esta mujer de cuarenta y tantos, que hoy vive en la Gran Manzana e investiga para The New York Times. En Asia aún quedan sus cajas llenas de papeles, libros y ropa, ya que aún sueña con volver a Kabul a continuar su propia guerra: en un contexto en el que el buen periodismo parece agonizante, Barker sigue creyendo en el compromiso de contar la verdad. —Milagros Belgrano Rawson.

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