Un sofisticado artefacto comestible

Podría empezar contando que mi obsesión con el pan inició en los primeros meses de 2016.

Por aquellos días hacía las paces con mi recién adquirida condición de freelance. Llenaba las mañanas leyendo, hecho bola en un sillón; después de comer, trabajaba hasta dormir. Una tarde en la que el santo patrono del trabajo independiente no me arrojó nada, vi en Netflix un documental llamado Cooked, en el que el escritor Michael Pollan analiza nuestra relación social con la comida.

Recuerdo que, mientras levantaba con una cuchara un poco de levadura, para saber si ya había llegado al punto exacto, dijo algo así: «siempre pensé que hacer pan sería dificilísimo; pero ahora me doy cuenta de que es muy fácil. Cualquiera puede hacerlo».

Habrá sido señal divina o sobredosis de tiempo libre: acurrucado entre cobijas (podría decirse: como bollo recién salido del horno), me pareció que Pollan me hablaba directamente a mí. Decidí aprender a hacer pan mientras me acomodaba a mi nueva vida profesional.

Y a pesar de eso, mi obsesión con el pan no empezó esa tarde que dediqué a buscar recetas y ver videos sobre masa madre. Mi madre podría contar la historia real: mi obsesión con el pan empezó con el primer bocado que le di a un bolillo; tanto me gustó desde entonces comer pan, a todas horas, vorazmente, que me llevó preocupada al pediatra. El doctor, que era un hombre honesto, escuchó su preocupación y, con esa cara que sólo saben hacer los pediatras, replicó: «Pero señora, claro que le encanta el bolillo. ¿A quién no le gusta el pan?»

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