Un-dos-tres por mi niño interior

Seamos sinceros, añoramos nuestra infancia. No importan las tablas de multiplicar,  el compañerito molestón, la misa en domingo, ni siquiera las verduras cocidas; había remedios simples para males tan tremendos. Un abrazo de papá, una ida al cine, un helado de chocochip o un asueto inesperado.

Y aunque, shame on us, de pronto nos ruborizamos ante la imagen del niño que fuimos, vale la pena recordar que justo allí empezamos a formar carácter, personalidad. ¿Será, quizá, que no nos gusta quien somos ahora? Pretendemos mirar objetivamente este periodo, olvidando que poco tiene sentido, desde el chupón hasta las espinillas.

Hago estas agridulces reflexiones aun hechizada por Chico zigzag, el libro del que les vengo a hablar. Una historia entrañable en cuyas páginas encontré, al fin, lo que necesitaba para reconciliarme con la niñez: todos pasamos por ahí. Y, honestamente, fue divertidísimo…

El Bar-Mitzvá de Amnón Feuerberg se acerca. Pronto abandonará al chiquillo para convertirse en hombre. Pero los nubarrones que cubren su historia familiar no lo dejan disfrutar el momento. Viaja, lleno de preguntas, en un tren rumbo a Haifa. Ignora que jamás llegará a tal ciudad, y que el hombre de ostentosa elegancia y mirada chispeante que acaba de sonreírle, hará que pase los días más reveladores de su joven existencia.

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Gracias a Felix, el distinguido caballero del ferrocarril, Nono tiene un primer acercamiento con su madre, Zohara, que murió cuando él era todavía un bebé. Amnón no conserva un solo recuerdo suyo, y Yaacov, el padre viudo, sobrevive enclaustrado en su pena. Jamás habla al respecto.

Lo poco que Nono sabe se lo debe a Gabi, su cómplice, amiga y confidente. Aquella secretaria de papá que, flechada por ambos, se hizo cargo de ellos. Siempre con la no-tan-secreta esperanza de convertirse en la señora de Feuerberg.

Este joven protagonista había hecho de tripas corazón resignándose al inexpugnable silencio del padre. Sin embargo, en la víspera de su cumpleaños, se le revela el mundo que le precedió: una madre de carne y hueso, unos abuelos extravagantes, un Yaacov enamorado: la verdad. De pronto cae en cuenta de que el conocimiento, aunque poderoso, duele. Y, albricias, encuentra también la manera de sacarle provecho.

David Grossman, el famoso israelí que escribió esta novela, supo condensar con sus letras los miedos y alegrías de un niño como cualquier otro. Incluso con una historia tan vertiginosa y, dicho sea de paso, zigzagueante, no puede una evitar vivirla en carne propia. Evoqué a pie juntillas mi miedo a los adultos, a la escuela, a la familia, a la vida.

Lo terminé llorando, como tenía que ser. Por Nono, por mí, por todos aquellos que olvidan el prodigio de ser niño. Léanlo. No se van a arrepentir, y si lo hacen quizás nacieron viejos.

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