Un distrito de Toronto muy singular

Un hombre toca jazz en la esquina, mientras algunos curiosos hacen fila para la exposición de fotografía, y otros se sientan en la terraza de un bar para probar la cerveza de la casa. En pleno corazón de Toronto, Distillery District es relajado y, por qué no, romántico, cual paseo en pleno siglo 19, entremezclado lo mejor de Londres o Nueva York. Según sus habitantes, este es el lugar donde las mentes creativas se juntan.

Más de 30 edificios de ladrillos rojizos estilo victoriano, que alguna vez fueron parte de la mayor destilería del mundo, son la locación de boutiques de diseñador, cafeterías y restaurantes galardonados, bares al aire libre, tiendas de artesanías y galerías de arte moderno e independiente.

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El lugar fue fundado en 1832, a orillas del Lago de Ontario, donde se estableció la destilería de whisky, Gooderham & Worts, y operó por 153 años. A partir de los años noventa, se convirtió en un importante set de filmación, donde se llevaron a cabo más de mil 700 rodajes, como escenas de la película Chicago y El boxeador.

Fue en el 2003 que, tras su restauración, la destilería se abrió al mundo como hoy se conoce. Es como un pequeño pueblo en medio de la ciudad más grande de Canadá (más de 2 millones y medio de personas viven en Toronto). De hecho, es una de las más grandes colecciones de arquitectura industrial de Norte América y, por supuesto, se considera patrimonio histórico nacional.

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Ese es justo el encanto de Distillery District: caminar por la historia y descubrir rincones únicos – lo digo porque lo son. Aquí no hay franquicias ni marcas nacionales. Por ejemplo, hay un lugar para degustar una variedad de sakes, el fuerte alcohol asiático; también, una micro fábrica de chocolate. Incluso, se puede asistir a uno de los mejores teatros independientes de Canadá.

Todo el año hay exposiciones de arte y eventos especiales, y durante los fines de semana es fácil toparse con festivales de jazz, pintura o vinos.

No dejes de conocer Distillery District en tu próximo viaje a Toronto, para disfrutar de un chocolate recién hecho al son de la melodía callejera; o bien, de un whisky, para revivir sus orígenes.

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