Sobre los días que siempre llegan y los lugares que se nos escapan para siempre

 «Sí, que pena, Maximiliano, tener que decirte que
todos los días llegan alguna vez, aunque tú no lo creas».
—Fernando del Paso, Noticias del imperio

Son cinco minutos después de la medianoche cuando subo al taxi que me llevará a casa. Estoy cansada, ha sido un día difícil. De la lluvia torrencial que cayó por la tarde, sólo quedan charcos, humedad y unas cuantas gotas que aún escurren por las ventanas del carro y en las que me concentro porque es divertido ver cómo, a través de ellas, se distorsionan las luces de la ciudad de México.

Pienso. No paro de pensar: todo lo que pasó hoy, la agenda de mañana, la de los días que le siguen. Pero cuando, por un instante, mi mente me permite un poco de silencio, escucho, como si viniera de muy lejos, la voz del locutor de una de esas estaciones nocturnas que nadie escucha por culturales: “Y entonces, después de visitar París, Carlota viajó en un tren a Italia. Un tren con vagones forrados de caoba y con alcobas espléndidas. Era el tren del emperador, de Napoleón III, quien dejó a la emperatriz mexicana viajar en él a Italia. Cuentan que al llegar, ella lloró por su amado México”.

“Están hablando de Carlota”, musito. Y en respuesta, el taxista sube el volumen. “Yo fui a su castillo”, le digo mientras se estaciona frente a mi casa y extiendo el billete del pago, “es un castillo blanco en Italia”.

Y entonces empiezo a no dejar de pensar en el monólogo ficticio de Carlota que Fernando del Paso escribió en su novela Noticias del imperio —«Así que durante todos esos trayectos, de París a Trieste, de Trieste a Roma y de nuevo a Trieste hasta llegar a Miramar me bastaba sacar las manos por la ventanilla del tren o del coche para beber de la única agua que yo sabía que no estaba envenenada, del agua de lluvia como lo hago ahora en los balcones del castillo…»— y tampoco puedo dejar de pensar en Miramar, en el castillito de paredes blancas que contrastan con el azul frío del mar Adriático. En la vista de ese mismo mar chocando contra las rocas de los peñascos que se observan desde las ventanas de las habitaciones cálidas y aterciopeladas del que fuera el hogar de Carlota de Bélgica y Maximiliano de Habsburgo antes de que se convirtieran en los emperadores de México.

*

Trieste no es un destino común para quienes hacen turismo en Italia. Todos van a Roma, a Florencia, a Venecia y a Niza. Otros apuestan por Nápoles. Pero, la verdad sea dicha, casi nadie va a Trieste. Y es que Trieste ni siquiera parece Italia. De algún modo, sigue siendo Austria-Hungría.

Yo llegué ahí casi por casualidad. Fui invitada a un viaje en el que el objetivo era adentrarse a la historia del café o, mejor dicho, a la tradición italiana del café (eso es otro post), pero una mañana, a menos tres grados centígrados, decidí que debía salirme de la agenda impuesta para conocer el castillo de Miramar.

**

Maximiliano mandó a construir el castillo de Miramar para Carlota, para que vivieran tranquilos, lejos de las poses de la realeza europea, entre la que habían nacido y con la que estaban cansados de convivir. Pero disfrutaron muy poco de su hogar idílico porque, a penas unos meses después, les fue ofrecida la corona mexicana. Maximiliano aceptó. Firmó hacerse cargo del nuevo imperio sobre una mesita que le regaló el papa Pío IX —si no mal recuerdo—, que aún puede verse en uno de los salones.

Entonces no sabía que estaba firmando su condena de muerte… Pocos años después, sería fusilado, lo que desataría la famosa locura de Carlota. Otro fragmento de Noticias del imperio, dice: «Pero nos dieron, Maximiliano, un trono de cactos erizado de bayonetas. Nos dieron una corona de espinas y de sombras. Nos engañaron, Maximiliano y me engañaste tú. Nos abandonaron, Max, y me abandonaste tú.»

***

El texto es dramático. Tanto como caminar en las habitaciones del castillo y saber que el hogar destinado para el amor, fue abandonado para encontrar la locura y la muerte. Pienso en el castillo de Miramar como en esos lugares idílicos que todos nos construimos —de manera literal o metafórica— y que tarde o temprano abandonamos por creer que hay algo mejor esperándonos en otro sitio. A veces la apuesta resulta un triunfo, otras, como en esta ocasión, sólo provoca una nostalgia eterna. Del Paso logró traducir la sensación en un texto fabuloso, del que comparto un último trocito (en espera de que busquen leerlo completo):

«Y sólo hasta entonces, con mi casa limpia y mi conciencia tranquila, me desvisto y me pongo mi camisón minúsculo y rezo mis pequeñísimas oraciones y me acuesto en mi gran cama miniatura y bajo la almohada del tamaño de un alfiletero bordado con acantos en flor, pongo tu corazón y lo escucho latir… y sueño entonces, quisiera soñar, Maximiliano, que nunca abandonamos Miramar y Lacroma, que nunca nos fuimos a México, que nos quedamos aquí, que aquí nos hicimos viejos y nos llenamos de hijos y nietos, que aquí en tu despacho azul adornado con áncoras y astrolabios te quedaste tú, escribiendo poemas sobre tus viajes futuros en el yate Ondina por el archipiélago griego y la costa de Turquía y soñando con el pájaro mecánico de Leonardo y me quedé yo para siempre adorándote y bebiendo con mis ojos el azul del Adriático. Pero me desperté con mis propios gritos, y tenía yo tanta hambre, Max, no sabes, después de siglos de no comer si no angustias y sobresaltos, tenía yo tanta sed, Max, después de siglos de no beber sino mis propias lágrimas, que devoré tu corazón y bebí tu sangre. Pero tu corazón y tu sangre, mi querido, mi adorado Max, estaban envenenados».

****

Ahora el castillo de Miramar es un museo, el Museo Storico del Castello di Miramare. Una ventana a la vida que imaginaron dos esposos amantes y que no pasó. Vale la pena visitarlo. La gente que trabaja conservándolo sonríe cuando ve mexicanos por ahí: “están visitando el castillo de sus emperadores”, dicen, como si uno —aún sin hablarlo— no entendiera el italiano.

http://www.castello-miramare.it/

  • Comparte en:

Comments are closed.