Sideways, o de cómo un viaje termina siendo otro

Quien haya visto Sideways —comedia dramática protagonizada por Paul Giamatti y Thomas Haden Church— me entenderá: es inevitable seguir la historia de esta película (que es magnífica) sin desear, cada segundo, tomar un auto y manejar hacia el viñedo más próximo.

Bajo esa lógica, estando en San Francisco con uno de mis mejores amigos, fue que rentar un convertible y manejar al valle de Napa fue un “sí” inmediato. Y eso que dejar la ciudad del Golden Gate no es nada fácil…

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Sesenta y cinco minutos de camino nada más y ya todo es distinto: el cielo es más azul, el sol es más brillante, el aire es más caliente y los caminos más verdes. El concreto se ha quedado atrás con los rascacielos, las tiendas, el ajetreo y el viento de Frisco. En Hagafen Cellars hay hasta gallinitas corriendo por ahí, entre las bancas del jardín que Irit y Ernie Weir han acondicionado para que los visitantes puedan disfrutar sus vinos, famosos porque pese a su producción mínima, han destacado en diversas premiaciones internacionales y desde 1980 han sido usados en la Casa Blanca para agasajar a invitados especiales.

Como los privilegiados invitados de los presidentes estadounidenses, mi amigo Felipe y yo también probamos esos vinos. Cinco copas por menos de 100 dólares (aproximadamente 65, si la memoria no me falla, con una botella pequeña incluida), cada una con una explicación sobre el origen de la etiqueta, el color, el sabor, el aroma, las notas y hasta sugerencias de maridaje. Todo, además, a cargo de los miembros de la familia, que no sólo tiene ahí su cuarto de cata, sino también su hogar y todo lo necesario para llevar a cabo el arte de la vitivinicultura. El líquido, de por sí maravilloso, resulta todavía mejor al escuchar —a la par de las risas de los otros visitantes— la pasión que hay en cada palabra que esta familia menciona respecto al vino.

Hay chardonnay, pinot noir, merlot y otras variedades, pero su sauvignon blanc de cosecha tardía merece una mención especial. Cristalino, ligeramente ámbar, es frutal y dulcísimo. Un postre perfecto para esperar la caída de la tarde mirando el paisaje, caminando entre las vides que, según la época del año, muestran o no el fruto que ha fascinado a la humanidad por tantos años.

Y luego, regresar. Cruzar el Golden Gate de nuevo y llegar a San Francisco al anochecer.

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Quien haya visto Sideways me entenderá: si uno va de road trip a un viñedo una vez, el corazón se le queda ahí por algún lado y, más pronto que tarde, tiene que volver con pretexto de recuperarlo.


Hagafen Cellars: 4160 Silverado Trail. Napa, California. hagafen.com

 

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