I remember you well in the Chelsea Hotel…

Hay historias que, como ésta, comienzan con clichés inevitables: era una noche fría en Nueva York. Se esperaban nevadas tardías, lo que hacía —decía la gente en las calles— que el viento fuera más frío de lo normal. Te descubrías un poco el rostro y te lo cortaba. Llovía un poco y luego nada y después otra vez. Era un juego cruel para los caminantes.

Las horas antes de aquella noche las había pasado yendo por ahí sin rumbo fijo. Por la mañana había ido al mercado de pulgas de Hell’s Kitchen y luego, sin mucho más qué hacer, me dediqué a caminar con mi amiga K. por cualquier calle que prometiera tener algo “interesante”. Fuera lo que fuera. Aunque luego nos perdiéramos, porque siempre encontrábamos algo, como un pequeño karaoke coreano en el que terminamos cantando solas luego de comer lo que creo que era el bibimbap más rico del mundo.

Como sea, el punto es que comenzaba a oscurecer cuando cambiamos nuestras maletas de un pequeño hostal en la quinta avenida a una habitación del Hotel Chelsea.

*

No consigo recordar el número del cuarto que ocupamos. No importa cuánto lo intente, nunca llega a mi mente. Creo que ni me importó saberlo nunca. Cuando llegué, cargando mis maletas y bolsas con los discos viejos y la ropa de segunda mano que había comprado en el mercado, no tuve que fijarme en nada. El concierge nos llevó a mi amiga y a mi hasta la puerta y nos dijo: «aquí es donde vivía Ethan Hawke, ahora estarán ustedes y pueden hacer lo que quieran. Ya saben, fiestas, alcohol, lo que quieran.»

No hicimos nada. Fuimos al West Village por unos hot-dogs de Papaya Dog y luego nada más. Intentamos tocar el piano y lo hicimos mal. Intentamos “hacer una fiesta”, pero no conocíamos a nadie en Manhattan y no teníamos más que una botella de vino tinto. Así que nos dedicamos a repasar la lista de personajes que habían estado ahí antes que nosotras y, cuyos fantasmas —se rumora— habitan el inmueble: Mark Twain, Dylan Thomas, William S. Burroughs, Gregory Corso, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Andy Warhol, Stanley Kubric, Milos Forman, Édith Piaf, Keith Richards, Patti Smith, Dee Dee Ramone, Bob Dylan, Bob Marley, Jimi Hendrix, Sid Vicious (quien, dicen, asesinó a su novia por accidente en la suite 100), Frida Kahlo, Diego Rivera, Janis Joplin, Leonard Cohen… Los sobrevivientes del Titanic fueron alojados ahí… El Chelsea, hotel embrujado, sórdido, descuidado, ¿cómo fue que atrajo a las mentes más desordenadas y brillantes del siglo XX? ¿cómo se convirtió en tremendo continente de cultura pop? Quizá la respuesta es un nombre: Stanley Bard, el hombre que lo dirigió por años y que por —literal— amor al arte, cambiaba noches de hospedaje —que a veces se prolongaban meses o años— por cuadros, canciones, poemas, fragmentos de cinta cinematográfica o cualquier cosa que fuera obra de sus ilustres huéspedes.

No es una sorpresa que el hotel comenzara, poco a poco, a irse a la quiebra. Cuando K. y yo estuvimos ahí, había artistas temiendo perder su casa. No era un miedo absurdo: en 2011 el Hotel Chelsea cerró sus puertas para abrirlas a un futuro incierto (algunos dicen que seguirá siendo hotel, otros que serán departamentos de lujo).

**

Pero lo que vi ahí no importa nada. Todo lo que se podría decir sobre el Hotel Chelsea, ya lo dijo Leonard Cohen y en una sola canción. Lo demás, lo que sea, está de sobra. Y eso es porque la entrañable “Chelsea Hotel No. 2” —incluida en su disco New Skin for the Old Ceremony, de 1974— captura —de manera dura y sutil— la esencia del lugar y de quienes lo habitaron. Retrato del que fuera uno de los más brillantes spots neoyorquinos es, al mismo tiempo, una ventana que nos permite ver de cerca las emociones y estilo de vida de los grandes personajes que figuran en la lista de huéspedes del hotel y que poseían, como el sitio mismo, un espíritu dual que se debatía siempre entre el glamour y la decadencia, las grandes fiestas y la soledad, la vida al límite y la desesperanza.

La canción es, además, una historia de amor. Un amor fugaz como se puede suponer que son los que suceden entre dos grandes estrellas, y que empezó con una conversación en un elevador. O al menos así es como lo contó el mismo Leonard Cohen en un concierto que ofreció en Nueva York en 1988:

Hace como cien años estaba yo viviendo en este hotel de Nueva York. Era un viajero frecuente de su elevador, ya que dejaba y volvía a mi habitación con frecuencia. Era un experto en sus botones. Una de las pocas tecnologías que realmente he dominado en mi vida. La puerta se abría, yo entraba. Ponía mi dedo en el botón. No había dudas. Tenía una gran sensación de domino en aquellos días. A última hora de la mañana, temprano por la noche, noté un día a una joven en el elevador. Parecía disfrutar los viajes tanto como yo. Pese a que era capaz de dominar a grandes audiencias, conducir el elevador era una cosa que realmente sabía cómo hacer. Tome aire. Mis pulmones me ayudaron a reunir valor para hablarle. Le dije: ¿Estás buscando a alguien? Me dijo “Sí, busco a Kris Kristofferson”. Respondí: “Jovencita, está de suerte. Yo soy Kris Kristofferson”. Eran tiempos generosos. Aunque ella sabía que yo era alguien menos alto que Kris Kristofferson no me quitó las esperanzas. Una gran generosidad prevalecía en esas condenadas décadas. Como sea, escribí esta canción para Janis Joplin en el Hotel Chelsea.

Luego se escuchan, con nostalgia incurable, las primeras líneas: I remember you well in the Chelsea Hotel, you were talking so brave and so sweet… Y después, un reproche: Ah, but you got away, didn’t you babe? You just turned your back on the crowd. You got away, I never once heard you say I need you, I don’t need you, I need you, I don’t need you, and all of that jiving around.

***

No puedo escuchar “Chelsea Hotel No. 2” sin pensar en los pasillos de ese hotel que, quizá, ya nadie visitará jamás. Tan largos y tan tétricos sin querer. Tan llenos de letreros de “Exit” que entonces eran una mentira porque entrar ahí era no irte aunque te fueras y que ahora son sólo un recuerdo para seguir estando.

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