Querido Mario

Supe de él cuando era apenas una niña. Aquel nombre aparecía constantemente en libros, periódicos, revistas y programas de tele. Sonaba siempre, pero realmente me llamó la atención cuando estudiaba en la Universidad de Guadalajara. Mi maestra de Novela histórica, una señora quisquillosa de nervios muy frágiles, sólo encontraba paz hablando de Mario Vargas Llosa. Se deshacía en halagos, pero a mí esa figura monumental seguía imponiéndome.

 

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Pasó el tiempo. Su obra ya era historia y yo aún tenía miedo de acercármele. Hasta que lo conocí en persona –no lo olvido: fue el 2 de diciembre de 2013–. Quien más tarde sería mi marido me invitó al Teatro Diana. Habían adaptado una obra suya y él estaría allí para apadrinar el evento.

Me fascinó lo que vi, pero más admirada quedé cuando tras bambalinas nos presentaron. “Encantado”, dijo al darme la mano y verme directamente a los ojos, con una inesperada y profunda franqueza. Algo despertó en mí saber que la mirada de ese hombre al que llamaban Mario había sido por un instante mía.

Si antes estaba consciente de la carencia que significaba nunca haberlo leído, ahora tenía una clara deuda con él. Y comencé a pagarla enseguida con Travesuras de la niña mala, una historia de amor que recorre el mundo y me enganchó irremediablemente al escritor peruano.

Luego aumenté mi apuesta. Gracias a La guerra del fin del mundo conocí el caluroso nordeste brasileño que más de un siglo atrás naufragaba en el fanatismo religioso, con el mítico Antonio Consejero y sus huestes de desharrapados. Aunque esta es una de sus novelas más complejas y ambiciosas, las ganas de seguir leyendo al Nobel no hicieron más que aumentar.

Cuando menos lo pensé ya era ávida lectora del novelista de Arequipa en sus distintas faces y hechizos; ahí donde la osadía no conoce límites y bien puede mantenerte al borde del asiento o al filo de la carcajada.

Descubrí así que Mario es muchos Vargas Llosas. Está el serio narrador de historias devastadoras como La Fiesta del Chivo y el amigo jovial que te mata de risa en Pantalón y las visitadoras. O aquel joven escritor cuya propia vida no teme saquear: La tía Julia y el escribidor es prueba de su amor irredento por la literatura.

Pero mi favorito, el libro que me recuerda la belleza del español, la maravilla de la escritura y el poder absoluto de la imaginación es Conversación en La Catedral. Esa extraordinaria novela donde el idioma es magia, la narración adrenalina y Zavalita un embajador de quienes, como él, queremos escribir.

Así corrieron los años hasta que en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) de 2016 te volví a ver, ya habiendo saldado la deuda que adquirí con tu sola mirada. Una vez más estreché tu mano, y créeme, Mario, la encantada soy yo.

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