Pst, pst, les traigo un chisme

Cuando estudiaba Historia tuve un maestro bastante peculiar: era sacerdote jesuita y rozaba los noventa años, muy simpático y enamorado por completo de la antigüedad clásica. Lo conocíamos como Padre Chuchín, contaba chistes y nos regalaba chocolates. Decía que nosotros, los amantes de la Historia, éramos antes de todo, unos chismosos. Y tenía razón, pues a mí desde niña me ha encantado que me platiquen sobre héroes y guerras igual que si de un chisme se tratara. Claro que fueron pocos los profesores que compartían esta visión, y muchos los que se encargaron de hacer ver a la Historia como algo farragoso, complicado y lleno de fechas insignificantes.

Es importante darse el tiempo de disfrutar unos minutos de lectura al día

Afortunadamente uno termina por emanciparse del plan escolar y escoge a sus propios maestros, esos que como el Padre Chuchín entienden que el pasado es clave, sabiduría y diversión: los libros. Y más específicamente, la novela histórica.

Mi amor por la lectura empezó gracias a una trilogía fascinante sobre la vida de Alejando Magno, escrita por Valerio Massimo Manfredi. Probablemente hoy la encontraría muy simple, pero a los trece me maravilló y me puso en la búsqueda de novelas similares.

Así llegó a mis manos Los Borgia de Mario Puzo, libro que mi papá intentó prohibirme y logró lo contrario, atizar la curiosidad y el espíritu aventurero. Corrí a la FIL y lo compré a escondidas. Devoré la historia de aquella singular familia con ansiedad adolescente, y de ahí todo lo de Puzo cayó en mi hambriento poder: El Padrino, Omertà, El Siciliano, Siete tumbas en Múnich y mi favorito: El último Don.

Compilación de títulos por Mario Puzo

El viaje continúa. Sigo al acecho de novelas históricas, y lo que me he topado no tiene desperdicio: desde biografías fáciles como la de la reina francesa Leonor de Aquitania (Pamela Kaufman) y la pintora italiana Artemisia Gentileschi (La pasión de Artemisia, Susan Vreeland), hasta maravillas literarias que recomendaré siempre entusiasta. Yo, Claudio, por ejemplo, y la continuación, Claudio el dios y su esposa Mesalina. Dos obras increíbles donde Robert Graves, autor escrupuloso, tomó el papel del tartamudo y solitario emperador, Claudio, para hacerlo crecer a ojos lectores. O Memorias de Adriano, breve novela de Marguerite Yourcenar en la que Adriano mismo, el romántico César, narra sus desventuras políticas y sentimentales con tal veracidad que eriza la piel.

Una que me fascina especialmente es El seductor de la Patria (Enrique Serna). No solo sucede en México y aborda la polémica vida de Antonio López de Santa Anna, sino que está escrita con una desfachatez y una pasión tan desbordantes que lo convierten, como dice mi marido, en el libro de historia que soñaste. La novela que sin duda el Padre Chuchín recomendaría con una risita cómplice.

La historia es apasionante, y si se cuenta como se debe, más que asignatura, resulta diversión. Cada que escucho a alguien asegurar que le aburre el pasado, voy pensando en cada una de estas novelas, me regodeo y comparto su pena. Pobrecillo, no sabe de lo que se pierde.

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