Paisajes imposibles

Llegamos a Hierve el Agua en las últimas horas de la tarde. Habíamos manejado de la ciudad de Oaxaca a las ruinas de Monte Albán y luego a Teotitlán del Valle, donde nos detuvimos para comer mole negro en Tlamanalli, el restaurante de comida zapoteca de Abigail Mendoza —reconocido por Travel + Leisure y The New York Times como uno de los destinos gastronómicos más relevantes de México—. Vimos las montañas verdes y el cielo despejado. Y cruzamos la carretera rodeados de la belleza típica del suroeste mexicano.

Pero al pisar nuestro destino, el paisaje se volvió desconcertante. Fue, para mí, algo nunca visto, deslumbrante. Para mis amigos —una guatemalteca y dos franceses— algo extraterrestre, alucinante. Lo que vimos fueron dos fosas de agua verde azulada, cristalina, que parecían extenderse hacia el horizonte. En una de ellas, un árbol seco reflejándose en la piscina natural exageraba el efecto surreal que se completaba con el fondo: las nubes, las montañas, las cascadas petrificadas. Pero apenas entramos al agua, comenzó a llover con fuerza y tuvimos que buscar refugio en una de las estaciones de vestidores que hay instaladas en las cercanías de las fosas.

Hierve el Agua, dicen, pudo ser un lugar sagrado para los antiguos zapotecas. Ahora es un balneario natural que cuenta con cabañas para pasar la noche, lo cual —mojados y con frío— nos pareció muy adecuado hacer.

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Pocas veces he visto una noche tan negra. La lluvia había sido intensa, pero no tanto como para que las nubes se fueran. Una lástima, porque según nos contó el velador del balneario, en las noches despejadas las estrellas se reflejan en el agua, creando una vista espectacular.

Desafortunados, sin luna y sin estrellas, salimos a la carretera para buscar comida y encontramos —en un pequeño restaurante— alivio en forma de mezcal, de quesadillas con tortillas recién hechas y de frijoles frescos. “Este lo hace mi primo”, nos dijo el dueño del lugar cuando rellenaba nuestras jícaras con el maravilloso destilado. Cenamos entre las risas de la familia y el cacareo de las gallinas que parecían rezongar porque hubiera extraños en la casa a la hora de dormir.

Volvimos a la cabaña para comprobar la teoría de la relatividad del tiempo. La noche fue larguísima… De las cabañas que hay (que serán máximo una docena), había ocupadas dos y nuestros vecinos eran silenciosos. Sólo escuchábamos a los grillos a lo lejos y, de cerca, a un mayate color verde que chocaba contra la pared iluminada por la luz de la lánguida lamparita que teníamos en el cuarto.

Esa noche tuve pesadillas. Con cuatro viajeros en una cabaña puede empezar cualquier película de terror.

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El amanecer fue fantástico. Un poco frío, ideal para tomar un café de olla en el pequeño porche. El balneario aún no estaba abierto al público para esas horas, por lo que tuvimos el paisaje sólo para nosotros. La que ofrece Hierve el Agua —cuyas aguas, por cierto, no hierven— es una vista absorbente, que exige tiempo para la contemplación. Su calma, su construcción tan peculiar, todo ahí es tan improbable que es mentira que “haya sido” un lugar sagrado: lo sigue siendo.

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