Objetos históricos que mezclan dos culturas en Veracruz

En el siglo XIX, muy cerca del año 1833, un pequeño grupo de 80 franceses decidieron encaminarse a una aventura por mar hacia nuestro país. Su destino fue el estado de Veracruz y el lugar donde se establecieron fue Jicaltepec, el cual se encuentra en la región centro de dicho estado. Luego de un poco de drama y sufrimiento, encontraron unas tierras que serían muy fértiles y útiles para lograr vivir de su trabajo sembrando y cosechando vainilla.

Alrededor del año 1865, cruzaron el río Filobobos extendiéndose entonces por Nautla, Paso Largo, El Pital, Paso de Telaya y Paso de Novillos, que después se llamaría la zona del Zopilote y hoy conocemos como San Rafael. Estas fueron las localidades donde ellos fueron perdiendo el idioma francés para adoptar el español y poder hacer su vida más fácil en esa zona.

San Rafael se convirtió en uno de los centros vainilleros más importantes de nuestro país y por mucho tiempo este producto se exportó a Francia. En la actualidad, viven descendientes de los migrantes franceses y existe una prestigiada actividad ganadera; además se cultiva plátano y frutos cítricos.

Algunos de los atractivos de esta zona es que aún se conservan las tradiciones de las familias más antiguas, como la elaboración de queso artesanal, pan de agua en hornos de leña y en las casas privadas la comida tiene una sazón francesa que se basa en recetas muy antiguas. La elaboración de vinos de frutas como el de naranja, capulín, guanábana, maracuyá y durazno. También, durante el verano, se acostumbra celebrar el tradicional carnaval, el cual se lleva a cabo la segunda semana de julio. En esta fiesta se subasta ganado bovino y productos de la región, se hace la quema del ‘mal humor’ representado en una piñata, se realizan presentaciones artísticas, la coronación de la reina, paseo de carros alegóricos, fiestas de disfraces y bailes populares durante todos los días de carnaval.

El museo del recuerdo es otro de los lugares must para visitar si te encuentras en esta zona. La dueña, Lourdes Drouaillet, viuda de Capitaine, convirtió su casa con más de 80 años de antigüedad, habitada previamente por los padres de su esposo, en un museo lleno de recuerdos e historia. Aquí se atesoran trajes de baño, botellas, actas de nacimiento, balas de cañón, candelabros, molinos, planchas antiguas, galones de vidrio donde las abuelas hacían su vinagre de frutas, botellas para el licor de naranja máquinas de escribir, perfumes y un sinfín de artículos que usaron sus antepasados y que al morir, ella decidió conservar para recordarlos por siempre.

Posteriormente, con la muerte de su marido, la señora Lourdes decidió convertir su dolor en algo positivo, compartiendo con los turistas de la zona todo lo que conservaba.

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