Mercenario de principios

España, otoño de 1936. La guerra estalló hace unos meses y se instaló ya en el ánimo de la gente, más sombrío cada vez. Ahora que todos son traidores en potencia, sólo se comparte el miedo.

En este sitio hostil, pleno de granujas y lealtades retorcidas, trabaja Lorenzo Falcó. Un exmilitar con aspiraciones de bon vivant que ante las convulsiones ridículas de su época, se convierte en mercenario. Nunca toma partido, y fuera del tabaco, el trago y las mujeres, vive en pos de la adrenalina.

Hay en él una mezcla hipnótica de sensatez y ruindad que lo hace infalible, casi necesario. Por eso su jefe, el Almirante de media mirada turbia, le encomienda a Falcó una tarea que, de cumplirse, modificará para siempre el destino de la “nueva” España: debe asegurar la exitosa fuga de José Antonio Primo de Rivera. Nada menos que el líder de todos los falangistas. A Falcó le parece aquello un total disparate, pero ni hablar, en tiempos de guerra incluso él debe obedecer.

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Así empieza la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte (Falcó, 2016), dándole vida a un personaje de certezas firmes en un mundo de farsantes. El ritmo álgido jamás se detiene y la narración es tan divertida como puntual. Al más puro estilo de Dashiell Hammett, Pérez-Reverte hace su magia y nos lleva a la trémula Europa de esas décadas desquiciadas y sangrientas.

Uno está ahí, junto a Lorenzo, Eva Rengel, Cari y Ginés Montero, planeándolo todo para devolverle su libertad a José Antonio. De ser posible sin muertes ni sentimientos involucrados. Pero nada se controla aquí. Con la inmensa cantidad de altos mandos y la locura natural del fanatismo, lo único que importa es huirle al panteón a como dé lugar.

Falcó hace de tripas corazón y enfrenta indeciso su nueva misión, pues la vida es para él “un territorio fascinante; un coto de caza mayor cuyo derecho a transitarlo estaba reservado a unos pocos audaces: a los dispuestos a correr el riesgo y pagar el precio, cuando tocara, sin rechistar.”

Más que libros, los de Pérez-Reverte son aventuras de ácida y trepidante narración. No tiene empacho en mostrarnos la realidad tal cual es: cruda y atiborrada de canallas, los que habitan sus filosas páginas. No queda otro remedio que ser cómplice y alcahuete de tan peculiar protagonista. Sigamos pues a Falcó, que con algo de suerte, el cigarro encendido y la pistola cargada, mañana seguiremos vivos.

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