Marrakech: Relajarse en la Ciudad Alborotada

El título parece contradictorio, pero no lo es. Marrakech, como el resto de los centros urbanos en Marruecos, es famosa por el tráfico incesante en sus calles y el estilo de vida de sus habitantes que, caprichosamente, hacen poco caso a todo aquello que remita a orden.

La “Ciudad Ocre”, no obstante, debe su renacer turístico a una atracción que se ubica justo en el extremo opuesto: los riads, antiguas casonas con patios internos que en los últimos años fueron remodeladas y acondicionadas para convertirlas en la nueva gran moda de la hotelería boutique, y que poseen los atributos que deben esperarse de todo pequeño espacio de reposo diseñado con esmero, para que el huésped rememore aquellas reconfortantes visitas a casa de la abuela, donde el tiempo transcurría lento entre platos de frutas y tazas de té caliente.

El boom de los riads en Marrakech trajo consigo la diversificación de los estilos; cada cual se ha empeñado en hacer destacar sus particularidades con respecto a los demás, así que siempre tendrás de donde escoger conforme a tus gustos y a esos pequeños detalles que deseas encontrar en el lugar en que te instalas. Si viajas en pareja: el Riad Noga. Si eres un trotamundos en busca de los sabores de la ciudad: el Bab Firdaus. Si buscas una experiencia redonda de lo que es un spa: La Sultana. Este último resulta idóneo en una ciudad que lo sabe todo de especias e infusiones, pues relajarse por medio de los sentidos es la premisa.

Tal vez, algunos riads pequen de opulentos y muy fastuosos, pero la mayoría se ha preocupado por simplemente recuperar los bellos acabados de los decorados arábigos, revivir los jardines interiores y nutrir de agua las fuentes que procuraban frescura a los habitantes de una ciudad en la que el calor se cuela de lo lindo por todos lados. A diferencia de los modernos hoteles que se han levantado en los distritos de la nueva urbe, fuera de la Medina, los riads están a un paso de la verdadera Marrakech, esa ciudad eternamente alborotada en la cual deambulan burros al lado de motonetas, donde se ofertan estupendos bordados y deliciosas naranjas.

Las contradicciones que en otras ciudades parecerían inconcebibles, en Marrakech suceden: esta nueva fama de oasis ha puesto en ebullición a las cafeterías y teterías, donde se refugiaron tanto escritores como modistos y que ahora rebosan de turistas; ha propiciado, si cabe, que la gritería de los vendedores sea más vivaracha y se deje escuchar desde el mercado central, el Djemma el Fna, hasta las montañas nevadas de la cordillera del Atlas que bordea esta villa. Pero así como en la música más impetuosa hay espacio para los silencios, Marrakech también sabe ponerte a buen resguardo mientras el mundo gira.

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