Maggie Galton: México bordado en el corazón

Maggie Galton es diseñadora e historiadora de arte, pero sobre todo, es una gran promotora de las tradiciones mexicanas y embajadora por convicción de una cultura en la que no nació pero de la que ya es parte entrañable.

En términos generales lo que Maggie hace son textiles con diseños basados en las culturas indígenas de México. A un nivel más profundo, su trabajo significa la oportunidad de revalorar tradiciones casi desconocidas para algunas generaciones.

“Yo quiero que el textil mexicano sea reconocido mundialmente como un producto de lujo, un producto impregnado con tradición, con cultura y con un trabajo muy digno y muy sofisticado; que el textil y la artesanía mexicanos no sean vistos como un estereotipo folclórico, con mucho color. Realmente hay un trabajo muy sofisticado, muy fino; un trabajo intenso de muchísima gente por todo el país, que se puede vender tanto en Michoacán como en París, Nueva York y Londres”, dice cuando se le pregunta sobre el objetivo de su trabajo.

Desde hace varios años, su lugar de residencia oficial es México, un país que la ha recibido sin reservas y la ha invitado a participar en la vida de decenas de comunidades indígenas. “La gente de México me ha invitado a participar en sus vidas, en su trabajo, en su cultura, en sus tradiciones, y realmente es un privilegio”, afirma.

Cojines, colchas, manteles, tapetes, servilletas y otros textiles que se pueden encontrar en boutiques en todo el mundo, tienen su origen en comunidades indígenas remotas a las que sólo se puede llegar por caminos de terracería. Hasta ellas va Maggie Galton para aprender de sus tradiciones; se sienta con los artesanos y, codo a codo, elaboran esas joyas que adornan hoteles y casas lujosos en todo el planeta.

¿Cuál fue tu primer contacto con México?

Cuando tenía 18 años fui voluntaria en el programa Amigos de las Américas, que era tipo Cuerpos de Paz. Viví seis meses con una familia en Santa María Camotlán, en Oaxaca, desde donde trabajaba con varias comunidades. Inmediatamente me di cuenta de los contrastes que se pueden encontrar en el país. México es un país de extremos muy fuertes, pero también, un país donde hay mucha fe, mucho cariño, mucho amor entre la gente, a pesar de las condiciones no muy favorables en las que pueden vivir.

La calidad humana en México me impactó muchísimo. Es algo que no se vive de una manera tan cercana en una ciudad como Nueva York.

¿Por qué decidiste estudiar en México?

Cuando tenía 23 ó 24 años me ofrecieron trabajo en la galería de arte Praxis, que está en Polanco, en la Ciudad de México. Ahí trabajé dos años y decidí que quería enfocarme más en la parte académica del arte, entonces hice una maestría en Historia del Arte en la Universidad Nacional Autónoma de México, y me enfoqué en el arte mexicano del siglo 19.

Siempre he trabajado con arte popular. Cuando vivía en Oaxaca, lo que más me llamaba la atención era el trabajo artesanal. Así, me empecé a obsesionar con el arte en la artesanía mexicana y cuando no estaba en clases y no estaba trabajando, me iba a visitar diferentes pueblos para conocer más.

Terminando la maestría me ofrecieron trabajo en Fomento Cultural Banamex, en un programa que se llama Grandes Maestros del Arte Popular. Durante 12 años, me dediqué a dirigir talleres de rescate de tradiciones artesanales.

¿Después de vivir en Nueva York, cómo te sientes en la Ciudad de México?

Son ciudades completamente diferentes. En términos urbanísticos, ambas son muy intensas, muy activas; las dos ofrecen una gran diversidad visual, cultural y etnográfica; pero el ritmo de vida en cada una es muy distinto.

Creo que en México todavía hay tiempo para la familia, para el gozo, para la comida, para esos momentos más íntimos en la vida.

¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar con comunidades indígenas?

Cuando se comienza el trabajo con una comunidad siempre hay que poner las ideas sobre la mesa y preguntar al grupo si realmente está interesado. Si hay apertura e interés, avanzamos con el proyecto, si no hay, no forzamos la situación. Creo que esto es clave en el trabajo con las comunidades indígenas.

¿Alguna vez te han dicho que no?

No. Lo que me ha pasado es que me dicen que sí, pero al poco tiempo me doy cuenta de que no hay mucha entrega. Al principio tienen muchísimo miedo, sobre todo las mujeres; les da pena enseñar su trabajo. Pero después de una capacitación, de repente todas están casi peleando entre ellas para enseñar su trabajo, sus innovaciones.

¿En qué medida México ha cambiado tu forma de ver el mundo?

Creo que ahora veo que estamos muy interconectados. Todos tus actos tienen un impacto, grande o pequeño, sobre tu vecino. Todo está interconectado y hay que vivir y trabajar de una manera más consciente y responsable para tener un impacto positivo sobre la gente a nuestro alrededor.

¿Cómo reaccionan en el extranjero ante tus diseños?

Muy bien; la reacción de los extranjeros es incluso más positiva que la de muchos mexicanos. Aunque esto está cambiando. Hay una nueva generación de mexicanos que son mucho más conscientes y están interesados en consumir más lo propio. Siento que cada vez la idea de lujo está menos asociada con algo importado o de marca del extranjero y hay más orgullo por lo propio y por el trabajo artesanal.

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