Los viajes

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Viajar es una de las cosas que mas me gusta y, a pesar de hacerlo con frecuencia, cuando se acerca la fecha de partida de un viaje más o menos largo, voy por la vida preocupándome por una serie de cosas que ni siquiera valen la pena. Cada vez me digo que esta ocasión lo haré diferente y… no logro conseguirlo.

Durante quince días antes de salir hago una serie de listas, inútiles por cierto, en las que escribo desde menús de la casa, hasta la ropa que voy a llevar, las compras que aún tengo que hacer, los pendientes por realizar, las medicinas que he de llevar y lo importante que no debo olvidar.

Al final la cocinera prepara lo que ella quiere, las medicinas se me olvidan, de los pendientes me faltaron la mitad, y no tuve tiempo de ir de compras. El pasaporte lo pongo en un lugar especial para que no se me olvide y luego olvido donde lo puse, con el consiguiente sufrimiento de varios dias. Imprimo las reservaciones de hotel, visas necesarias, e itinerarios, y los coloco en un folder bonito y alegre… y tambien lo pierdo.

Y ese no es todo mi extraño comportamiento: llamo a mis amigas y quedo de desayunar y comer con ellas justo una semana antes de irme, tengo que despedirme, encargarles a los que se quedan y entonces el tiempo se estrecha aún más. Visito al doctor y después no le hago caso a su receta, y en su lugar me inyecto vitamina B-12, mando la ropa a la tintorería y ya no alcanzo a recogerla, empiezo a hacer la maleta pensando qué debo llevar segun mi lista, después pienso si hará mucho calor, o más frio del que pense, entonces aumento ropa “por si las dudas”.

Despierto a medianoche pensando en mi familia, en qué haran en mi ausencia, si no se les ofrecerá nada, si Sabrina -mi mascota- estará bien, si dejé los telefonos de emergencia, si mis amigos enfermos mejorarán. Después me tranquilizo pensando que debo dormir bien porque de otra manera estaré muy cansada para continuar mis rutinas.

Le pido a una amiga que me ayude a escoger lo que debo llevar, me quita la mitad de la ropa que había empacado, entonces empiezo a preocuparme si será suficiente o si me faltará esa mitad a medio viaje. Pago mis tarjetas de crédito y siempre se me olvida una. Elijo mi libro para el viaje y después pienso que está muy grueso y no lo llevo. Llamo al jardinero y le encargo mi jardín, si me dice que falta algo le digo que me espere a que regrese, cambio dolares y después me pregunto si cambie suficiente, los escondo también en un lugar insólito y los encuentro una noche antes de salir, cuando ya mi estomago es un nudo completo. La noche anterior al viaje, a las 3 de la mañana, se me ocurre aumentar cinco cosas a mi maleta y ya no cabe nada, entonces pienso si empaqué mal y si debería volver a empezar.

Como broche de oro me enoja ver a mi marido, quien desde hace muchas horas duerme plácidamente con su maleta impecablemente ordenada y sin olvidarse de nada, yo aún tengo la sensación de que me falta algo y, lógicamente, no duermo ben. En la mañana me levanto corriendo para ir al Aeropuerto, con ojeras y pensando que algo falta y no sé qué. Y mi marido, con una muy tranquila sonrisa me pregunta: “¿traes todo: boletos, reservaciones, papeles importantes? Y para rematar me pregunta: ¿por qué pareces como cansada?

Por Graciela Pulido

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