Lo que de Evita quedó

La protagonista de Santa Evita (1995) es una muerta. Si bien al principio del relato aún respira y da órdenes, sabe que los minutos se le acortan. La metástasis invadió ya su cuerpo diminuto y sólo encuentra consuelo en suplicar clemencia por sus despojos. Que nadie la mire ni la toque cuando ya no esté aquí para defenderse, que el pueblo argentino la siga queriendo, que pueda descansar, que no la olviden.

 

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Eva Duarte, hija bastarda de doña Juana Ibarguren y don Juan Duarte, nació en Junín, Argentina, a principios de los años veinte. Veleidosa. Mandona. Miserable. Quiso desde muy niña ser actriz, y en torno a esa quimera se decidió su vida.

Con apenas quince años Eva dejó su pueblo y partió a Buenos Aires, donde se abrió camino en los escenarios a pesar de su aspecto descuidado y un talento que sólo ella veía; era, además, de una delgadez enfermiza y un mal carácter que sin embargo no le impidieron llegar a ser quien fue: la Primera dama de Argentina, la Presidenta del Partido Peronista Femenino, la Jefa Espiritual de la Nación (sic): Evita.

Pero la historia que Tomás Eloy Martínez cuenta en esta novela no es la de aquella provinciana que conquistó al futuro presidente Juan Domingo Perón, sino la del cadáver embalsamado que peregrinaría por el mundo.

Eva contaba apenas 33 años cuando un cáncer uterino la mató, antes de la debacle del peronismo. Todo aquello que recordara al expresidente fue satanizado, empezando por los restos su mujer, que para entonces yacían en la Confederación General del Trabajo. Ahí, la celosa mirada del doctor español Pedro Ara cuidaba de ella con malsana dedicación, tanto así que fue él quien la embalsamó. Pocos años después, el Coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig le arrebataría su obra maestra, por órdenes del nuevo gobierno. Había que botar a Eva Perón, tanto como a las tres copias exactas que el médico permitiría esculpir a cierto artista plástico, valiéndose de cera y fibra de vidrio.

Evita, o lo que de ella quedaba, se negó a recibir cristiana sepultura. Quienquiera que osara perturbar su cuerpo, quererlo, odiarlo, besarlo, transportarlo o enterrarlo, caería víctima de una maldición. La sola existencia de aquel cadáver enloqueció a tantos hombres que el mismo Tomás Eloy, agazapado tras los relatos del Coronel Moori Koenig, cedió al hechizo de aquella mujer que “dejó de ser lo que dijo y lo que hizo, para ser lo que dicen que dijo y lo que dicen que hizo”.

Es Santa Evita un recuento de las fatalidades que el descanso frustrado de la ilustre difunta desencadenó a lo largo de 16 años. A través de una mezcla perfecta entre novela y periodismo, el narrador pinta un mundo escondido de sordidez, muerte y locura que lleva a un anatema espeluznante: a los muertos más vale dejarlos en paz.

Santa Evita, Tomás Eloy Martínez. Editorial Alfaguara, 1995

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