Libros a la hoguera

Dicen, y dicen mucho, que cualquier lectura sirve, que todo libro enriquece. Qué va, casi puedo asegurar que los amantes de la literatura compartimos un perverso deseo, el de exterminar aquellos títulos que detestamos. Ésos que con su redacción de pacotilla, perogrulladas excesivas y cursilerías gratuitas llaman al berrinche, le pican la cresta a la gastritis, dan pena ajena.

Pues les tengo buenas noticias, ya podemos hacerlo con la ayuda de un excelente escritor mexicano: David Toscana, que en su libro El último lector (2004) le otorga el poder a Lucio, uno de los protagonistas, para desaparecer aquellos libros que dan roña. Si las primeras páginas lo aburren, lanza la supuesta obra a una habitación donde millones de cucarachas, gordas de letras, devoran con un curioso ruidito aquellos libros horrendos. Aunque no logra extinguir cada ejemplar en el mundo, procura salvar del oprobio literario a Icamole, su pueblo, cuya única biblioteca le pertenece.

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Ésta es una novela breve, apasionante y divertida, muy al estilo de Juan Rulfo. Sucede en algún lugar de México, uno asolado por la sequía. Los habitantes de Icamole olvidaron ya cuándo cayó el último aguacero, y sobreviven de mala gana gracias al esfuerzo de Melquisedec. Un vecino que tirado por sus mulas, arrastra desde lugares menos desgraciados tambos repletos de agua.

Pasa que un mal día, en el pozo cuasi vacío del hijo de Lucio, Remigio, amanece muerta una niña preciosa. El chisme de la desaparición se riega como la peste por el pueblo y lo despierta de su sediento letargo. La gente, desocupada y aburrida, se espabila buscando a la chiquilla. Mientras tanto, padre e hijo reviven su oxidada relación a partir del escalofriante episodio. Y así, con ayuda de algunos libros que Lucio tuvo a bien conservar, explota la trama.

El último lector va más allá de la biblioteca enclenque y el pequeño cadáver. Toscana nos deja asomarnos también a un sitio olvidado de Dios, a la mezquindad que echa raíces cuando huye la abundancia, al egoísmo que reina en la miseria. Pero sobre todo, a través de Lucio y su ejército de bichos, recuerda que aun en las peores tragedias cabe la risa.

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Hay algo maravilloso en esta novela, y es que fuera del extraño argumento, entiende y explica el poder de la literatura. Nos pasa a muchos que la influencia de los libros define nuestras vidas. Uno feliz ilumina el mundo. Alguno de misterio activa las alarmas. Otro beligerante nos pone en guardia, etcétera. Lo mismo sucede con el padre de Remigio, quien a falta de agua, comida y ganas, se deja llevar por la corriente de las historias que lo sacian, lo alimentan y fortalecen.

David Toscana se burla de la crítica y de qué manera, pues sabe que el verdadero juez de un libro es el lector. Uno que, sin más agravante que la aburrición, condenaría cualquier novela a desaparecer en las entrañas de pequeños y repugnantes escarabajos hambrientos.

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