El libro que te elige

Nos jactamos de haber visto la serie más divertida, de tener en nuestra colección de empolvados DVD’s el mejor surtido de películas, de estar al día con las redes sociales. Nadie quiere recomendar entretenimiento aburrido, so pena de pasar por monótono y además invalidar de tajo su credibilidad. Sobre todo ahora que ahogarse en el catálogo de Netflix se ha convertido en el hobby por excelencia.

 

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Pero qué sucede con los libros. Aunque ver una serie signifique invertir largas horas frente al vidrio, dista mucho de parecerse al exquisito placer de entregársele a un autor, máxime cuando la vida corre y sucede tras las pantallas de retina.

Resulta mil veces más sencillo cambiar la programación que botar un libro. Con el último, los lectores hacemos un pacto que anhelamos inquebrantable. Rechazar una novela tras haberla empezado es privarse de un mundo al que de otra manera jamás tendremos acceso. Pero es justo ahí donde germina la semilla de quien devora libros: en la decisión.

Cada libro, más que cultura, le abona vida a la vida

Recomendarlos no es tarea fácil. Puede alguien atesorar obsesivamente un libro por las razones más ilógicas y descabelladas. Desde un absurdo recuerdo que con sus letras evoca, hasta la enfermiza identificación del lector con algún personaje.

Existe una tácita certeza en quien ama leer, y es que cada libro, más que cultura, le abona vida a la vida. Transfusiones de luz, de flamas refulgentes que iluminarán algo, siempre.

Es cierto, a muchos leer les aburre hasta la catatonia, y ni cómo culparlos. Con los textos soporíferos que abarrotan los estantes escolares, uno preferiría a veces ni conocer el alfabeto. Y he de confesarlo: a mí la lectura me llegó tarde pero estrepitosamente, cuando en una trilogía de Valerio Massimo Manfredi no sólo descubrí la precoz vida de Alejandro Magno, sino también una prodigiosa certeza: los libros nos eligen a nosotros.

De suerte que hoy, muchos años después, izo orgullosa la bandera de lectora self-made y defiendo categóricamente el derecho de todos a leer única y exclusivamente lo que nos plazca.

Recomendemos, pues, esos libros de huella indeleble, no sin antes dejar que sean ellos quienes con su magnetismo pesquen e hipnoticen a aquel cuya vida están a punto de cambiar.

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