Leonora Carrington y su visión surrealista del mundo

Pintora, escritora, escultora, surrealista, misteriosa, rebelde, vidente, sobreviviente, alquimista, folclórica, excéntrica, esotérica, espiritual, sobrenatural, única… Mucho se ha dicho de Leonora Carrington, la surrealista que maravilló al mundo con un universo paralelo donde todos los elementos se conectaban formando un todo. Originaria de Inglaterra, Leonora se enamoró de la magia y del arte desde muy pequeña, la influencia irlandesa de su madre le hizo crecer rodeada de animales míticos, tierras misteriosas y fantásticos cuentos celtas.

Su formación artística tuvo como base primaria el Renacimiento florentino –debido a su actitud rebelde fue enviada a Florencia a estudiar arte–. A los 10 años, Leonora presentaba su primer pintura surrealista en una galería parisina al lado de importantes nombres de la corriente artística, esto era solo el comienzo. Regresó a Inglaterra para continuar estudiando en la prestigiosa escuela del pintor cubista Amédée Ozenfant.

El surrealismo llegó a la vida de Leonora de la mano del amor; después de conocer la obra de Max Ernst en una exhibición en Londres –desde entonces, relata, se sintió profundamente atraída por el pintor alemán–, fue presentada con él durante una fiesta y pronto se enamoraron, fugándose a Francia, donde residieron hasta el comienzo de la guerra. Durante este periodo Leonora vivió profundamente el surrealismo, adoptó su esencia y formó parte de su espíritu, tanto que los siguientes eventos solo pueden ser catalogados como surrealistas. Iniciada la guerra, Ernst fue detenido en dos ocasiones y posteriormente huyó de Europa, dejando a Leonora en la desolación.

Presa de la ansiedad y al borde del colapso nervioso, Leonora fue enviada a un hospital psiquiátrico en Santander donde fue tratada con terapia de shock y medicada fuertemente. Logró escapar y encontró refugio en México, país que le abrió las puertas y del que se enamoró profundamente por su folclor y misticismo, muy similares a los que conoció de niña.

Nuestro país se convirtió en el hogar de Leonora, en su lugar seguro, en el que pudo dedicarse de lleno al arte; pintó, esculpió y escribió con su sufrimiento; buscó la inspiración en sus momentos más oscuros, y creó majestuosas obras que guardaban aspectos profundamente personales. Fue considerada la última surrealista, Raquel Tibol, historiadora y crítica del arte mexicano la describe como:

[…] mujer rebelde que encontró su propia y muy subjetiva coherencia en la locura formativa, en el esoterismo, la alquimia, las prácticas espirituales, los sueños líquidos, el humor, la especulación, la metafísica, la adivinación, la predicción, el escepticismo, la unión de los opuestos, la psicología junguiana, el budismo tibetano, el hermetismo, los metalenguajes, lo sobrenatural.

Este año, a modo de extender las celebraciones por el centenario de su nacimiento, el Museo de Arte Moderno de Ciudad de México inaugurará durante abril una imponente exhibición que incluirá 150 obras procedentes de diversas partes del mundo. Para lograrlo, se realizaron importantes acuerdos con museos como el Metropolitano de Arte en Nueva York y con colecciones privadas; aunado a este, está en marcha un proyecto para adquirir la casa en la que Leonora vivió el resto de su vida en México para convertirla en un museo–casa donde los visitantes podrán adentrarse en la intimidad de la artista.

Para conocer un poco más de la visión surrealista de Leonora, nos adentramos en algunas de sus más emblemáticas obras.

Autorretrato, 1936. Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Leonora creó su autorretrato a la edad de 19 años, durante esta época comenzaba a verse influenciada por las ideas surrealistas; fue en este año que conoció la obra de Max Ernst. En el cuadro destacan, además de su persona, tres animales; dos caballos, uno que corre libre en un campo arbolado y es enmarcado por una cortina de oro; otro, de juguete, que levita sobre ella, sus patas están pegadas a la madera convirtiéndolo en una mecedora; al contraponerse muestran el sentimiento de la joven pintora al verse encerrada bajo el yugo paterno, por último tenemos a la hiena frente a la pintora, animal con el que ella se identificaba.

Cómo hace el pequeño cocodrilo, 1998.

Esta obra está basada en el poema de Lewis Carroll del mismo nombre. Cinco pequeños cocodrilos navegan sobre una embarcación en forma de cocodrilo que es impulsada por un sexto cocodrilo, más grande, que rema bajo un cielo galáctico. La obra goza de una segunda versión, en forma de escultura que la artista realizó en Ciudad de México.

El mundo mágico de los mayas, 1964. Museo Nacional de Antropología, Ciudad de México.

El espectacular mural fue encargado a la autora para formar parte del Museo Nacional de Antropología, en él podemos conocer un poco del universo mágico dentro de la mente de la artista. Se divide en tres niveles: inframundo, tierra y cielo, y en ellos convergen criaturas fantásticas de la historia maya y celta.

Retrato de Max Ernst, 1939. Colección privada.

Una de las primeras obras de la artista fue un tributo a su relación con el pintor Max Ernst. Aquí Max se muestra enfundado con un abrigo rojo y calcetas amarillas mientras que carga una lámpara en forma de huevo. Volvemos a ver un caballo, esta vez congelado, un animal con el que Leonora se identificaba profundamente. La pintura desoladora y fría muestra los sentimientos que ella sentía mientras vivía con el pintor en la Francia invadida.

Los pantalones de Ulu, 1952. Colección privada.

Los personajes de la pintura revelan la nostalgia que Leonora sentía por la mitología céltica, además de mostrar algunos elementos de la cultura mexicana. Un huevo, que para la artista representaba la fertilidad y el renacimiento, muestra la preocupación de la artista por renovarse a través del autodescubrimiento, esta preocupación también puede verse reflejada en el laberinto que se funde a la distancia.

  • Comparte en:

Comments are closed.