Las pequeñas cosas

Las cosas que poseemos definitivamente hablan del tipo de persona que somos.
Ocasionalmente me preocupo de qué pasara con mis cosas después de que yo me vaya de este mundo. ¿Qué harán con ellas?, ¿A quién realmente le interesarán?
Y no es que esté apegada a lo material, sin embargo me gustaría saber a dónde irán a parar.
Tal vez a mis hijos les guste uno que otro objeto, aunque ya no son los tiempos en que las posesiones pasan de generación en generación, vajillas, cubiertos, copas de cristal, en fin, la modernidad de nuestros tiempos hacen que todo sea más cómodo y minimalista y no me imagino mis copas que tanto cuidé, en la mesa de ninguna persona de mi familia inmediata.
En una ocasión una amiga me comentó que ella le había hecho jurar  a sus hijos que cuando muriera no fueran a rematar todo aquello que por años conservó y disfrutó. Les pidió que se lo repartieran entre ellos y su familia, primos, sobrinos, amigos… en fin, que no fueran a vender sus cosas, que no le pusieran precio  aunque fuera simbólico y lo remataran. Me dejó pensando y lo comparto.
¿Qué tan importantes son nuestras posesiones  para los demás?, ¿Quién querría guardar mis fotografías -tan importantes para mi en su momento- o mis libros? Mi música, mis zapatos, el collar de perlas que heredé de mi abuela, o las copas de cristal que me regalo mi padre. Tantos objetos que atesoramos y que si hablaran, ¡serían capaces de contar mil historias  de nuestra vida! Objetos que seguramente sólo tienen un significado importante  para nosotros mismos.

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Todos tenemos cosas que no usamos “para que no vayan a romper” o “para que no se maltraten”, las guardamos, atesoramos y no nos permitimos disfrutarlas ni nosotros mismos. Sería bueno que pensáramos que nadie mejor que nosotros para disfrutarlas ¡EN VIDA!, compartiendo con las personas de nuestro entorno, con las personas que queremos… y si se rompe o se maltrata, ¡pues para eso era!, para usarse y disfrutarse. No vale la pena apegarse a ninguna de nuestras posesiones, todo en esta vida es prestado.
Por eso debemos aligerar nuestra carga, si algo nos sobra o no lo usamos, ¿por qué no donarlo? Seguramente existen muchas otras personas quienes lo utilizarán y lo disfrutaran. Dejemos de atesorar objetos, no nos podemos perder la sonrisa que seguramente pondremos en el rostro de quien reciba algo nuestro, y más si es obsequiado con cariño.
Es bueno ir por la vida ligeros de equipaje, así no tendremos que preocuparnos de qué pasará con nuestras pertenencias cuando ya no estemos, y sabremos que todo quedará en buenas manos.

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