La sazón del corazón

Dejan huella los libros que en la intimidad de sus páginas osadas, místicas, románticas o sabias, descansa el sortilegio de letras que se aferra al recuerdo.

No es raro que nos habite el fantasma de una novela, que sus personajes sean nuestros y la historia, verdad divina; que extrañemos ese mundo querido y nos sepamos cómplices eternos del autor.

Esta sensación se me instaló unos meses atrás, cuando al terminar de leer Doña Flor y sus dos maridos me sentí vacía. Echo en falta ese libro que el brasileño Jorge Amado tuvo a bien publicar en 1966, pues fueron tantas las carcajadas que en lo que a mí respecta doña Flor Guimarâes bien pudo haber tenido otros tres cónyuges.

Sucede en la ciudad más africana de nuestro continente: San Salvador de la Bahía de Todos los Santos, en aquel picante noreste de Brasil donde los tambores, el cuerpo, la comida y el amor se funden en inagotable algarabía.

Flor tiene un don culinario que su madre explota sin titubear; abre en su casa una escuela de cocina (Sabor y Arte) que termina por darles fama y sustento, hasta la decisiva aparición de Vadinho, primer marido de Florípedes.

El idilio comienza con un baile, ¿y cómo más? En una elegantísima fiesta a la que Vadinho se cuela con labia y triquiñuelas. Nadie como él puede canjear con la facilidad del tahúr, verborrea por dinero, promesas por amor, pero luego del embriagante tango que comparten, le propone casorio, mas no fidelidad.

No bien la suegra futura se entera de la turbia reputación que arrastra el yerno, queda al borde del soponcio y se resigna a sabotear la relación. De ninguna manera se permitirá el lujo de entregarle hija e ingresos a menudo gañán. Sin embargo, se casan a hurtadillas. Un matrimonio donde el gozo y la pena de Flor descansan por igual en los parranderos hombros de Vadinho. Hasta que él, colmado de cachaça y fiesta, cae fulminado a medio carnaval.

Doña Flor queda entonces a merced de una ansiosa y prematura viudez, misma que no consuela ni la certeza de que su ya famosa cornamenta desapareció junto con el finado. Lo extraña, qué remedio.

Pero gracias al desocupe pueblerino, sus amigas metiches hacen todo por conseguirle otro marido a la joven y desdichada cocinera. Aparece así el desfile de granujas y pretendientes que hacen de ésta la novela más divertida que he leído en mucho tiempo.

En Doña Flor y sus dos maridos, Jorge Amado sacia a manos llenas, con ritmo y sabor, la sed de sabrosura que despierta. Sólo cabe una advertencia: es adictivo.

 

 

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