La otra esposa de Vargas Llosa

Varguitas estudia Derecho, entre comillas y a regañadientes. Sueña con mudarse a París, vivir en una buhardilla, escribir. Pero mientras sea menor de edad y dependa de sus padres, debe conformarse con redactar boletines en una radiodifusora. Gobierna en el Perú una férrea dictadura militar, no hay televisión y la vida es color sepia.

Es justo ahí, en Radio Central, donde al protagonista de La tía Julia y el escribidor (Mario Vargas Llosa, 1977) comienza a cambiarle la vida. Sus jefes, hartos de los productores cubanos que garabatean radionovelas de pacotilla, traen desde Bolivia a un escribidor que bien podría ser el Cervantes del drama radiofónico: Pedro Camacho.

Cuando Marito lo conoce libro_1368627914queda inmediatamente intrigado con su corta estatura y alta voz. Tanta curiosidad le despierta al legista negado, que lo hace su amigo a fuerza de invitarle infusiones de menta y yerbaluisa en el café Bransa, donde día tras día va naciendo una rara complicidad.

Al mismo tiempo, en casa de sus familiares maternos, aterriza una paisana del escribidor que lo hará volar de un ala: la tía Julia, cuñada del tío Lucho. Aparece recién divorciada, joven, guapa, ambiciosa y, last but not least, en busca de su próximo exmarido.

Entretenido como está, entre cuentos, exámenes, amigos y Pedro Camacho, el joven escritor apenas mira a la recién llegada, aún cuando ésta, ya cansada de los pretendientes, lo arrastra al cine a ver las películas mexicanas más cursis del momento. Pero el tiempo pasa, y con él la indiferencia, hasta que en una noche de borrachera y baile, se besan a hurtadillas.

 

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Tenemos aquí una de las novelas más graciosas del Premio Nobel, junto con Pantaleón y las visitadoras (1975), una comedia disfrazada de romance, donde aparte del escandalazo familiar, aparecen también las creaciones extravagantes de Camacho; historias que van de la pobreza a la ambición, traumas infantiles, talentos desperdiciados, policías honestos, hombres de “frente ancha, nariz aguileña, mirada penetrante, rectitud y bondad en el espíritu”. Relatos donde, curioso, siempre aparece algún argentino agraviado, y cuyos argumentos desgarradores, imposibles, cobran sentido tras conocer al autor.

Con La tía Julia y el escribidor se comprueba que Vargas Llosa, más que narrador, es un secuaz de la literatura. Solía decirle Juan Carlos Onetti: “Mario, tú estás casado con ella”.

 

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