La danza desde un lugar privilegiado

Una de mis ciudades favoritas del mundo es La Habana. Lo aseguro aún teniendo mucho por conocer, pero sin miedo a equivocarme.

Supongo que es como el amor. Uno se enamora de una sóla persona un día y ya, no importa nada. El mar de gente que hay por conocer, no produce más que una curiosidad pacífica, amistosa, porque lo que se buscaba ya ha sido encontrado. Y así, igual que el amor es arrebatado, también es crítico: hay muchas cosas (de Cuba, de nuestro país, de la actualidad) que poner sobre la mesa cuando se habla no sólo de esta capital, sino de la isla entera, sí, pero recordando que ninguna opaca la innegable magia habanera porque ésa, superando a cualquier posición política, no deja de escurrirse por las ventanas de las casas llenas de enredaderas y musgo, no deja de inundar las calles, de contener a las olas que golpean las orillas, todas, bordeadas del mar Caribe y que parece también emanar de los poros de la piel de cada uno de los habitantes.

Hay maravillas por donde uno mire y hay ritmo por todos lados, pero una de las primeras y más impactantes experiencias que me regaló esa ciudad, fue poder ver un ensayo de la Compañía de danza contemporánea de Cuba.

Estaban preparando Folia, una pieza muy antigua cuya primera mención en la historia se registra en un texto portugués del siglo XV. Los movimientos de los bailarines eran delicados, a veces lentos, otras, según marcaba el ritmo de la música, acelerados, casi violentos; muy sofisticados, distantes en tiempo y técnica de los orígenes cortesanos del tema musical cuyas notas —relacionadas con un antiguo ritual de fertilidad español— ahora narra una historia de amor que ellos interpretan de un modo apasionado y conmovedor.

La coreografía, a cargo del holandés Jan Linkens, iba a presentarse en Polonia sólo unos días después de mi visita. Todos los chicos estaban nerviosos. Vi, como ocurre en todas las escuelas, al clásico chico popular que se hace el chistoso ante el maestro y que hace cosas absurdas para llamar la atención; también estaba la guapa del salón practicando con sus amigas los pasos que les tocaban en conjunto antes de que el ensayo general comenzara de manera oficial y vi al aplicado, al que no miraba a nadie más que a él mismo, tratando de alcanzar la perfección. Se veían alegres, pese a las dudas: ¿podrían encontrar avión para todos? ¿haría frío en Polonia? ¿los recibirían bien en los escenarios de allá?

A todos escuché murmurar y los vi bailar desde una silla plegable de plástico negro que pusieron en una orilla del salón, desde donde también pude grabarlos moviéndose sobre la duela gastada, con las palmeras al fondo y a contraluz.

Meses después volví a La Habana y fui al Teatro Nacional a comprar boletos para un concierto de cámara. Pregunté por aquel saloncito. No me dejaron pasar porque la clase ya había comenzado, pero va el tip para los viajeros curiosos y para los amantes del arte en general: si uno va temprano entre semana (poco antes de las 10:00 h), es posible que el maestro en turno permita a un observador en su clase. Ya sea que bailen Folía o Mekniksmo o las famosas Carmen o Carmina Burana, ver a los bailarines —todos tan jóvenes, tan entregados a la danza, tan nacidos con un don— sin el disfraz del vestuario ni los adornos ni las luces ni nada más que ellos mismos y sus cuerpos que parecen sobrehumanos, flotando sobre esos compases, toca el corazón.

Supongo que es como el amor. Uno ve esta clase de maravillas un día y ya, no importa nada. Llegan de golpe todas las cosas buenas: la fe en la humanidad, la alegría, la esperanza… Y todo lo demás es polvo sobre la duela.

 

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