La casa del señor Liu

Sé que es una obviedad, pero desde el lanzamiento de la fragancia de Hemès Le Jardin de Monsieur Li —que se ha convertido en mi favorita reciente—, no he dejado de pensar en el señor Liu.

Lo conocí en febrero de este año, durante un viaje a Beijing. Para fomentar el acercamiento cultural, los viajeros que lo deseen pueden solicitar visitas a las casas de algunas familias chinas. No se puede elegir a quiénes. Hay decenas de familias inscritas en el programa de recibir a extranjeros, de modo que en los encuentros interviene el azar. Yo solicité una de esas visitas y así fue como llegué ante una puerta de madera vieja, marcada con un número 18, que daba acceso a un patio alrededor del cual se distribuían distintos y diminutos departamentos. Es algo parecido a lo que en México llamamos «vecindad».

No sé cómo habría sido mi viaje si mi visita a una casa de los hutongs —como se le llaman a los barrios del casco viejo de la ciudad— no me hubiera hecho coincidir con el señor Liu y con su esposa, pero me queda claro que sólo sucede lo que es adecuado. Ese encuentro, me parece, es un ejemplo perfecto de lo que uno quiere decir cuando habla de «momentos que le cambiaron para siempre».

Hablé de él en nuestra edición «Alta Definición» (Marzo; 2015), de su resistencia ante la crisis y la hambruna que padeció China hace unos años, y de cómo cuando no tenía nada encontró el amor, ya que conoció a su mujer en una época en la que ambos luchaban por sobrevivir a los trabajos forzados y a la migración obligada. Me impresionó que, mientras charlábamos gracias a la intervención de un guía-traductor, no dejó de sonreír a pesar de la melancolía. A unos meses de distancia sigo pensando en la vida sencilla que llevan él y su esposa, quienes ahora deben estar celebrando que ha nacido el nieto que estaban esperando ver cuando los conocí.

Sus ganas de comunicarse pese a la barrera del idioma, son algo que agradezco. Consiguieron decirlo todo sin palabras: usaron gestos y acciones sencillas e importantes como compartir su comida y su tiempo.

Recurro al recuerdo de esa tarde cuando siento que estoy pasando por una dificultad. Y luego, gracias a eso, pienso que mi problema no es nada o que se puede resolver, o que quizá lo que sucede es que no estoy comprendiendo que el camino, aunque parezca escarpado, está por llevarme a algo bueno. Recorro con la memoria su casa, tan pequeña y tan llena. Todo tan kitsch y tan ilógico como un busto de Mao compartiendo habitación con dos cabezas de tigres de felpa, una infinidad de pequeños adornos. Mini casitas decorando plantas como esperando que las hadas las habiten, fotos, platos, relojes, jaulas… El señor Liu tiene también una colección de billetes, así que le regalé uno mexicano de 100 pesos para que lo pusiera bajo el vidrio donde los guarda todos. Lástima. Fue un regalo repetido. Parece que todos los extranjeros que pasan por ahí quieren dejarle algo, lo que sea, como un obsequio de agradecimiento por su hospitalidad y sus lecciones de vida. Un chico de Brasil incluso le dejó una mascota, un reptil exótico que él adoptó con gusto y que convive con una perrita, dos conejos, un gallo, dos gallinas, cuatro tortugas y unas cuatro o cinco aves cantoras.

El señor Liu no tenía un jardín tradicional chino como el que inspiró el perfume de Hermès, al menos no en el exterior. Pero al mirar a través de sus ojos y los de su esposa, estaba claro que lo llevaban en el interior. En gente como ellos está siempre la fuerza de las piedras, la energía del viento y la fluidez de los ríos que corren serenos.

 

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