LA BELLEZA DEL MUNDO

Es normal que queramos estar rodeados de belleza. En todas las culturas, y desde los tiempos más remotos, los humanos hemos fabricado más que objetos utilitarios, ornamentos que hagan nuestro hábitat más disfrutable para nuestros sentidos, que nos inviten a contemplar y a darle a nuestros espacios un toque de expresión personal y de pertenencia cultural.

Quizá no reflexionamos mucho sobre esto, pero esa apreciación de lo bello la hemos aprendido de la perfección divina con la que ha sido diseñado nuestro mundo. No hay una sola cosa en él en la que no se evidencie la precisión con la que Dios creó todo lo que nos rodea. Lo vemos en cada paisaje que admiramos, en cada animal con el que tenemos la fortuna de convivir, en la fuerza de los elementos naturales y en nuestra propia capacidad de producir cosas bellas, un don en el que nos encontramos en semejanza con nuestro creador.

Pero la belleza no solo está en el mundo físico. Está también donde no la vemos: en nuestros corazones, en nuestra alma, y debemos apreciarla, cultivarla y construirla. Esto lo podemos lograr procurando siempre la paz, fortaleciendo nuestra fe, ayudando a los que nos necesitan, agradeciendo cada instante que vivimos, amando con sabiduría incluso a quienes no nos aman. Esto no solo nos dará tranquilidad y felicidad, sino que también hará que todo a nuestro alrededor potencie su hermosura. Bien lo decía San Agustín: «Dado que el amor crece dentro de ti, la belleza crece. Porque el amor es la belleza del alma».

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