“Javier Cercas” según Javier Cercas

soldadosNo sé ustedes, pero yo tengo en muy alta estima la pluma y la opinión de Mario Vargas Llosa, al cual rara vez leo sin fruición. Fue él quien en septiembre de 2001, dentro de su columna Piedra de toque (El País), elogió ampliamente el entonces nuevo libro de Javier Cercas: Soldados de Salamina, deliciosa novela que juega a ser Historia como parte de su propia ficción. La verdad, me confieso engañada y satisfecha.

Al principio el relato se centra en el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, que en el ocaso de la Guerra Civil Española escapa milagrosamente a su muerte dos veces en un día. La historia “se la cuenta” Rafael Sánchez Ferlosio, hijo del también poeta, al narrador del libro durante una entrevista. Este último es, supuestamente, el mismísimo Cercas, quien al correr de las hojas se va obsesionando más y más con la increíble anécdota.

Es 1939, los republicanos huyen del general Franco. Arrestan y asesinan, por su parte, a todo aquel que encuentran sospechoso. Una vez en el Collell, cerca de la frontera francesa, reúnen a los últimos prisioneros en el paredón. Ahí está el falangista, resignado a morir. Al escampar la lluvia de balas, descubre que está vivo; los proyectiles sólo lo rozaron. Sin más, echa a correr. Vaga por el gélido bosque. Se esconde entre ramas, lluvia y lodo. Sabe que no está a salvo, la aparición de un soldado republicano escudriñándolo se lo confirma. Cuando el escritor aguarda ya el disparo definitivo, el miliciano grita que ahí no hay nadie y da media vuelta, no sin antes lanzarle una misteriosa mirada. Sánchez Mazas termina de salvarse gracias a la ayuda de unos campesinos y  un par de desertores.

El Javier Cercas del libro se describe como un escritor frustrado que ha terminado un par de novelas fallidas y vuelve al periodismo con la cola entre las piernas. Sobrevive maldiciendo su suerte en la sección cultural de un periódico, donde publica un breve texto respecto al renacimiento de Rafael Sánchez Mazas. Asume que es asunto zanjado, pero poco después se descubre invadido por la curiosidad: ¿quién era aquel soldado? Necesita hacer de éste su nuevo proyecto literario. Las dudas le escuecen la mente.

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Así, con tremenda odisea, comienza el peregrinar del Cercas ficticio por la memoria de la revuelta franquista. De pronto el tema del fascista con suerte es relegado a segundo plano, cuando el trajín de la investigación se apodera del libro. Bien nos lo dice el Nobel: “La estrategia del narrador es más inusitada y fascinante que lo que aparenta narrar.”

Ya que Javier Cercas describe puntillosamente a Sánchez Mazas, comienza en verdad esta novela. La narración delirante del investigador que no teme inmiscuirse en la densidad propia de la creación literaria. Con una equilibrada mezcla de presente y pasado, se nos permite asomarnos a los fantasmas que persiguen al Javier de mentiritas. ¿Será que puede terminar el relato? Afortunadamente cuenta con la complicidad de Conchi, su gritona, simpática y guadalupana novia, en su camino al punto final.

El autor de Conversación en la Catedral nos aclara que el libro no es un relato más de la guerra en cuestión, sino una historia sobre “la naturaleza de la vocación de un escritor, y cómo nace deshaciendo y rehaciendo la realidad de lo vivido, la buena literatura.”

Es 2016, hace quince años que apareció Soldados de Salamina, y créanme, no es más que uno de los muchos pretextos concebibles para lanzarse a devorarla ya.

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