Fiscales de lo ajeno

Se cuenta que en la primavera de 2011, el jurado del Premio Alfaguara tardó sólo veinte minutos deliberando: Juan Gabriel Vásquez con su novela El ruido de las cosas al caer. Y con razón, es excelente; le abrió camino al joven sudamericano para que con su humor y finísimo manejo del lenguaje, se catapultara como “una de las voces más originales de la nueva literatura latinoamericana”, en palabras de Mario Vargas Llosa.

Pero no hablaré del libro galardonado, aunque ganas me sobren, sino de Las reputaciones, publicado en 2013. Que si bien no es tan extenso ni humorístico como el pasado, sí deja huella en el lector. Con un estilo original, misterioso y veloz, Vásquez le suelta la rienda a monstruos y miedos que no a pocos atormentan.

En este pequeño libro se retrata la fragilidad del prestigio. No importa cuán difícil haya sido construirlo, cuánto esfuerzo, sudor y lágrimas se le hubiesen impreso al buen nombre; basta un momento, una mala decisión, un simple señalamiento, para que aquel armatoste de rectitud se derrumbe como cualquier mentira.

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A través de la mirada crítica y el escrutinio férreo del caricaturista ficticio Javier Mallarino, Juan Gabriel Vásquez describe, crudo como es, el horror de verse evidenciado ante la opinión pública. Tras cuarenta años como dibujante político, sinsabores familiares e incontables encontronazos, el gobierno le hace un homenaje reconociéndole su labor, su invaluable servicio como el Pepe Grillo colombiano.

Javier se incomoda con tanto halago, él sólo hace su trabajo. Pero es precisamente después de la ceremonia cuando por primera vez pone su proceder en tela de juicio. Recibe la visita de una mujer que lo anima a recordar cierto accidente que tuvo lugar en su casa 28 años atrás, y que se llevó a muchos de corbata con un simple garabateo suyo. Luego de hacer memoria, el dibujante termina por vislumbrar el ominoso destino al que a tantos condenó con su carboncillo.

Mallarino otea minuciosamente la vida de su país, y concluye que la reputación quizá es “el momento en que una presencia fabrica, para quienes la observan, un presente ilusorio”. Y es él mismo quien se ha encargado de señalar esas pantomimas enclenques.

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De manera que ahora le pesan sus cuatro décadas de trabajo. Entiende, por fin, que la gente se parece un montón a los zopilotes: vuelan a la espera del tropezón ajeno, y comprende también que “toda humillación necesita un testigo. No existe sin él: nadie se humilla solo.” Él fue su verdugo.

Con la febril narración de Las reputaciones, Juan Gabriel Vásquez evidencia el escalofriante poder de las masas, más implacable y retorcido cada vez. Olvidan que el anonimato tras la pantalla es efímero, engañoso y cobarde. Así que atentos, navegantes de la red, no sea que la próxima reputación pisoteada sea la suya.

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