Fe y esperanza para los viajeros

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«Recibe, te pido, a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre; basta ya con lo que he sufrido; basta con mis servicios a tu enemigo, hoy puesto bajo tus pies; basta ya de ser juguete de las apariencias falaces. Recíbeme ya siervo tuyo, que vengo huyendo de tus contrarios, que me retuvieron sin pertenecerles, cuando vivía lejos de ti.

Ahora comprendo la necesidad de volver a ti; ábreme la puerta, porque estoy llamando, enséñame el camino para llegar hasta a ti. Sólo tengo voluntad; sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de lo seguro y eterno. Esto hago, Padre, porque esto sólo sé y todavía no conozco el camino que lleva hasta a ti. Enséñamelo tú, muéstramelo tú, dame tú la fuerza para el viaje.»

—San Agustín de Hipona, Soliloquios.

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