Expreso a Londres: viajar para acudir a un llamado

«Me gustaría que pudieras ayudarme», me dijo mi amigo Glen MacKay, australiano, ciudadano londinense, luego de contarme su proyecto: hacer un mini-film de moda para hacer conciencia sobre la belleza entre las modelos negras.

Es bien sabido que las modelos rubias ganan más que las que tienen piel “no blanca”, pero la idea, me contó, surgió en un desfile de modas en donde una amiga suya, modelo negra de belleza extrema, le habló de manera más íntima del racismo que se vive en la industria: «entre más oscura es tu piel, más fea te consideran», le dijo. A Glen lo invadió la tristeza al mirar a su amiga, una mujer hermosa por el ángulo que se la viera, e imaginarla sometiendo su amor propio a la opinión ignorante de personas sin criterio.

La realización del cortometraje estaba planeada para inicios de diciembre, días que yo estaría pasando en París, así que no lo pensé mucho: sólo unas horas después de haber aterrizado en el Charles de Gaulle (habiendo saludado y compartido unas copas de vino con los amigos que me esperaban en Francia), tomé el primer tren a Londres que encontré. Recuerdo haber llegado a la Gare Du Nord sin haber dormido, sin entender casi nada y discutiendo con una mujer del departamento de migración porque yo no recordaba la dirección exacta a la que debía llegar en Londres (durante la filmación cambiamos unas tres veces de hotel para estar cerca de las locaciones).

Cuando llegué, Glen estaba esperándome en la estación muerto de cansancio, pero con una sonrisa y los brazos abiertos. Había pasado una noche muy distinta a la que yo había tenido en París. Yo, hablando por horas con mis amigos y él entre papeleos, ajustes de presupuesto y decenas de llamadas para comenzar la acción a la mañana siguiente, en punto de las seis de la mañana.

Llegué a hacer el catering: frutas, jugos, café, té negro en todas las versiones posibles y barritas energéticas. Recuerdo también algunas cervezas. Compramos todo lo que consideramos básico para que, además de nosotros, un par de decenas de modelos sobreviviera a un encierro de 12 horas en un bar vacío que nos sirvió de primer set y que nos recibió con pisos pegajosos y un olor a humo de cigarro y alcohol que delataba una gran fiesta previa a nuestra llegada. Yo, que no sé nada de cine, ayudé en lo que pude: buscando un lugar para la comida, ayudando a las modelos a cambiarse de ropa entre toma y toma, complementando con algunos accesorios mexicanos los atuendos que les había preparado la productora, una mujer talentosísima (y asombrosamente bella) llamada Pia Tuulia Cabble. La causa me parecía buena. Entre los datos que había encontrado con Glen a partir de lo que le había contado su amiga, están los siguientes: en India se venden más cremas aclarantes que Coca-Colas. El 77% de mujeres nigerianas usa productos para aclarar su piel. La industria de los productos de “blanqueamiento” valdrá 10 miles de millones de dólares a nivel global en 2015. Sólo 4% de las mujeres del mundo se sienten bellas… Las cifras aterran por lo que significan: las mujeres no nos sabemos hermosas.

Sé que existen problemas más graves: hay feminicidios, violencia doméstica —física, psicológica y verbal— y muchos más temas a los que, espero, seamos cada vez más sensibles (una de las razones por las que la ONU promulgó el 25 de noviembre como Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer), pero también pienso que —en gran parte de esos casos— el amor propio de las mujeres afectadas pudo haber hecho la diferencia. En el círculo vicioso que es la violencia, la autoestima de las víctimas es mermada hasta que desaparece, por lo que ya no hay defensa. Pero una autoestima sólida puede hacer que las afectadas huyan de la situación y la denuncien. El amor propio es un escudo, un salvavidas. Mi intención, al participar en el proyecto de mi amigo Glen, fue poner un granito de arena para que cada vez más mujeres se sientan bellas. El origen de la idea determinó que el proyecto se llevara a cabo en Londres, pero la idea es universal y, por tanto, válida en cualquier geografía: nada ni nadie puede hacernos dudar de nuestra belleza. Nada ni nadie debe hacer que nos queramos menos.

*

Eran las 12 de la noche en Londres. Me fui a dormir mientras Glen se quedaba editando el material de la segunda jornada. Durante los tres o cuatro días que pasé en la ciudad, jalando uno que otro cable, tomando una que otra nota —escribiendo un artículo sobre La Habana en los ratos libres, recuerdo ahora—, no vi el Big Ben, ni el palacio de Buckingham. No tomé té a las cinco de la tarde ni fui al teatro ni vi que había de nuevo en la Tate Gallery. Londres fue otro. Una ciudad en la que, mientras todo lo anterior pasaba para algunos, para mi fue despertar temprano y dormir tarde tratando de ayudar a un amigo cuya intención fue tan buena, que tuvo la fortuna de encontrarse con decenas de personas que coincidieron con su causa: modelos, maquillistas, vestuaristas, camarógrafos, ingenieros de audio, que trabajaron sin pedir prácticamente nada a cambio.

El resultado de todo ese esfuerzo es See Me Now —disponible gratis en YouTube (entre más se comparta el mensaje, mejor)—, trece minutos de testimoniales que hasta ahora se han exhibido en eventos de moda y cine en Kerala (India), Chicago (donde ganó un premio discreto), Sidney, Londres y Nueva York.

Espero que el trabajo haya valido la pena y que las modelos que participaron y las mujeres que hayan visto el cortometraje se sientan más seguras de su belleza.

Al terminar, volví a París, pensando en lo mucho que había valido la pena no pasear por Londres a pesar de haber estado ahí.

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