El reinado de la marca anónima

No es un concepto nuevo. Surgió en los noventa, de la mano de Martin Margiela, el diseñador anónimo por excelencia. Margiela rompió todas las reglas con su colección de 1989, en las que aplicaba técnicas del grunge a prendas elegantes, cambiando la estética de la década siguiente sin dar entrevistas y siendo fotografiado en raras ocasiones.

En la sociedad actual, sobre saturada de famosos que surgen de todos los ámbitos y por todos los medios; donde las celebridades nacidas en Instagram, YouTube o reality shows son una cosa cotidiana; y todos son una marca, que busca explotar su imagen para su mayor beneficio económico, los diseñadores de moda no son la excepción. Se espera de ellos que actúen como una herramienta más de mercadotecnia para sus marcas, mostrando al público su vida personal y convirtiéndose en marcas ellos mismos. Muchos adoptan la práctica de forma natural —como es probablemente el caso de Dolce & Gabbana, Michael Kors y Karl Lagerfeld—, otros quizás son forzados en el spotlight por las circunstancias o las compañías que manejan sus marcas.

Otros pocos, sin embargo, han decidido nadar contra la corriente y volver a lo básico. Buscan, mediante sus marcas, quitar protagonismo a sus personas y dárselo, en su totalidad, a la ropa que diseñan. Los materiales, cortes y construcción de sus piezas toman el protagonismo. El reconocimiento de marca por medio de una persona, un logotipo o el estilo de vida que cualquiera de estos representen pasa a segundo plano frente a una simple prenda, la forma en que arma en el cuerpo de quien la porta y el uso que esta persona puede darle en su vida cotidiana. La creatividad de los creadores queda descubierta y se presenta sin artificios.

Algunos de los diseñadores que lideran este movimiento —y que probablemente no conozcas— son: Christopher Peters de Creatures of the Wind, Lazaro Hernandez y Jack McCollough de Proenza Schouler, Kate Wendelborn de Protagonist y los misteriosos 7 integrantes del colectivo que diseña Vetements, quienes se han visto forzados a salir del anonimato debido a su reciente nominación al LVMH Prize, que obligó a una de sus diseñadoras, Demna Gvasalia, a dar la cara durante el proceso de selección.

A pesar de no lograr ser cien por ciento anónimos, estos diseñadores logran restar importancia a sus personas y volver las cámaras a sus creaciones. Y, aunque esta tendencia no se popularice, es un nicho que se aprecia como un respiro de aire fresco ante el bombardeo de mercadotecnia con el uso de celebridades que nos llega de todos los frentes.

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