El parto sin dolor: todo lo que necesitas saber para lograrlo

Foto por Kika Sánchez

Conocí a Karla el mismo día que inició su trabajo de parto. Una mujer bonita, de 36 años, bajita y robusta como un árbol, de manos grandes y pies anchos. Llegó al consultorio inquieta y jadeando por las contracciones que iban y venían, como olas inquietas una tras otra, marcando el ritmo del compás al que Karla se movía, entre risas y gemidos.

Acompañada por su compañero, sus parteras, su padre y su madre, estaban ahí porque a última hora su presión arterial estaba “obstinadamente alta”. Afortunadamente, a Naoli ‒el primer bebé de la familia‒, le entró la urgencia de nacer y, con 5 centímetros de dilatación, se fueron al hospital.

El trabajo de parto siguió avanzando y Karla se sentaba, se paraba, respiraba, se abrazaba de Jorge. Se acomodó en cuclillas, se mecía en la pelota y hasta se duchó con agua muy caliente. “Te amo, mamá; te amo, Jorge; te amo, Naoli”, repetía incansablemente como un mantra de poder. La mamá de Karla, serena y sabia, le decía cuando el dolor arreciaba: “hija, permite que la contracción llegue y se vaya, porque el camino se está abriendo”. Karla inhalaba y cerraba los ojos.

 

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Yo estaba vigilante, pero inquieta. Su presión estaba estable, la bebé con un ritmo cardiaco perfecto, pero descendiendo lentamente y con un dolor cuya intensidad rebasaba la tolerancia. En cierto punto les propuse el uso de analgesia o la epidural, pero ella se negó. Francesca, su partera, nos sacó a todos de la habitación para hablar a solas con ellos.

Me di unos minutos para hablar con Diana ‒quien acompañó a la pareja en la preparación para el nacimiento‒ y sus palabras fueron un bálsamo: “Jazmín, ellos están listos, han trabajado el miedo a través del amor”.

Cuando regresé a la habitación, Karla tenía otra mirada y una determinación renovada. No sé cuál fue la conversación, entre ellos y su partera, pero lo cierto es que cuando llegó la siguiente contracción, ella vocalizaba fuerte, era un grito placentero. “¡Ya no me duele! Fransceca me dijo que gritara si quería ¡y cuando grito me libero!”. Ya tenía nueve centímetros de dilatación y, a medida que bajaba, ella nos anunciaba la llegada de Naoli bebé.

El pujo no se tardó en llegar; ella enrojecía con el esfuerzo y luego cerraba los ojos para recobrar el aliento. Entre una respiración y otra, me miró con sus ojos grandes, negros, expresivos: “¿Tú tienes hijos?”. Ni alcancé a contestar. “¡Deberías de tenerlos, esta es sensación maravillosa!”. La oí gemir y repetir muchas veces mientras que la cabeza de Naoli se asomaba entre sus pliegues y ella podía tocar la cabecita de su hija.

Naoli nació casi a la media noche. Recibida por papá y mamá, entre los abrazos y mimos de sus abuelos, a un mundo amoroso que ya la esperaba con el corazón abierto.

Si hace años alguien me hubiera platicado una historia así no lo hubiera creído. A mí las mujeres que me criaron siempre me dijeron que el parto dolía, que los hijos dolían porque Dios así lo decidió, como castigo por la desobediencia, y que había que asumirlo pasivamente. Lo corroboré después, durante mis años de formación médica, cuando sólo asistí partos intrahospitalarios y complicados de mujeres que cedían su poder, pasivas y acostadas, aceptando que el dolor y el sufrimiento son parte inevitable de la existencia humana.

Mujeres – madres poderosas, como Karla‒, hombres – compañeros amorosos, colegas valientes e innovadores‒, parteras alegres y confiadas, y una cantidad incontable de documentos y libros, reconstruyeron mi alma y mi profesión. Para convencerme completamente de que existe un secreto en nuestra cultura, y no es que el parto sea doloroso: es que las mujeres somos fuertes.

Esto se ha sabido siempre; sin embargo, los primeros científicos que se encargaron de practicarlo y crear un método para el mundo occidental, fueron los obstetras y parteras de la Unión Soviética, basados en los estudios de Pavlov sobre el aprendizaje y los reflejos condicionados. Los doctores Bykov, Velvosky y Nikolaiev establecieron que existe un vínculo condicionado, una asociación entre la idea del parto y el dolor, resultado de la enseñanza cultural a través de las generaciones.

Esta disposición de la corteza cerebral a pensar que el parto debe acompañarse de sufrimiento ‒reflejo condicionado, según Pavlov‒, influye de tal manera que al iniciarse las contracciones normales, la mujer interpreta las sensaciones que recibe como si fueran “dolor”. El temor, la aprensión, el cansancio; actúan desfavorablemente, puesto que al debilitar la corteza cerebral, impiden que se discrimine sobre el verdadero carácter de la sensación provocada por las contracciones.

El sistema nervioso autónomo es el encargado del trabajo del útero durante el parto, pero los estímulos sensoriales llegan al tálamo y a la corteza donde se correlacionan las experiencias pasadas y presentes. La corteza reacciona de acuerdo con la intensidad del estímulo y también por su propia interpretación, que si es exagerada, resulta en una reacción motriz, a través del sistema simpático, o sea que un estímulo uterino que es apenas desagradable “interpretado por la corteza cansada y aprensiva”, resulta en una intensa descarga motora dando motivo a un estado de tensión, que a su vez causa dolor.

Cada mujer y su pareja deben de llenarse la mente y el alma de historias de partos cálidos, respetuosos y amorosos. Transformar el “reflejo condicionado de parto = dolor” por el “reflejo condicionado de parto feliz”

El doctor Fernand Lamaze estudió y difundió en Francia estos conocimientos. El estadounidense Dick Read aportó una teoría que integra estos argumentos. “El temor, engendrado por relatos falsos, y distorsionados acerca del parto y por la ignorancia de la mujer sobre el parto y su proceso, desencadena una estado de tensión en el cuello del útero y en los músculos estriados, que dificulta su dilatación y provoca dolor, que a su vez exagera el temor e instala un círculo vicioso de temor-tensión-dolor”.

Ricardo Gavensky, entre otros obstetras, trajeron a Argentina y América Latina la clave para resignificar el nacimiento, diciendo: “la actitud de la mujer ante el parto es primordial. El parto es un hecho natural en el que se interrelacionan aspectos emocionales y físicos de la mujer, y en donde el temor es el principal agente productor de dolor”.

Por lo tanto, es indispensable la participación activa de la mujer en trabajo de parto. Para que esto se logre, se requiere de educación, preparación física, apoyo y un equipo profesional experto.

Preparación educativa prenatal. Esto significa que cada mujer y su pareja deben de llenarse la mente y el alma de historias de partos cálidos, respetuosos y amorosos. Transformar el “reflejo condicionado de parto = dolor” por el “reflejo condicionado de parto feliz”. La mujer debe obtener educación clara y científica sobre el proceso fisiológico del embarazo y trabajo de parto, ya que es imprescindible que ella, su pareja y los que estarán presentes en el nacimiento conozcan cada detalle.

Entrenamiento sobre técnicas de relajación y respiración. La relajación disminuye la tensión muscular, además funciona como un “foco de actividad en la corteza cerebral que frena las sensaciones del útero y lo despojan del carácter doloroso”. La respiración “forza” a que el cerebro se mantenga activo y a que el trabajo de parto sea el resultado de un trabajo de concentración, serenidad y esfuerzo.

Fortalecimiento muscular, resistencia, ejercicios de elasticidad. Este trabajo físico debería iniciarse antes del embarazo y continuar de manera especializada durante el embarazo, se debe romper con el paradigma de que la mujer gestante no debe realizar ejercicio, cuando en realidad se debe enfocar aún más en ello.

Apoyo y acompañamiento durante el trabajo de parto. La contención emocional a través del apoyo verbal es indispensable para un parto natural y respetado y también se ha comprobado científicamente.

Equipo médico experto. Es indispensable contactar con un médico ginecólogo con experiencia en la atención obstétrica, especialmente en partos humanizados. Asimismo, se sugiere en caso de anestesiólogo y pediatra.

El nacimiento es un acto natural y poderoso que nos conecta con nuestra parte más amorosa, humana, espiritual y primitiva. Vivirlo de esta manera implica un trabajo consciente, que inicia desde antes y continúa durante el embarazo.

Vencer miedos, creencias internas, romper paradigmas con el mundo y hasta relaciones filiales, es indispensable para poder nadar en el océano de emociones y la intensidad física del parto. Este oleaje profundo implica despojarnos al final de la mente para confiar en la sabiduría de nuestros cuerpos y el cuidado amoroso de nuestros acompañantes.

Deseo profundamente que queramos, hoy más que nunca, retomar nuestro poder para que todos y cada uno de los nacimientos puedan ser amorosos y humanizados.

 

Dra. Jazmín Karina Díaz Cazares

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