El funeral del gato

 

“Si el libro que leemos no nos despierta,

como un puño que golpea el cráneo,

¿para qué lo leemos?”

— Franz Kafka. 

 

La curiosidad persigue al lector como el insomnio al enamorado. Sin ella encontraríamos aburridísimas aquellas páginas atiborradas de letras; un hoyo negro de papel y tinta. Bien decía Oscar Wilde que el arte de la literatura se ocupa de manera inmediata de las pasiones y de la inteligencia. Así adquirimos este delicioso vicio cuya rehabilitación no existe, por suicida.

Es el que lee un alma insaciable de historias y tiempos que mal termina un libro cuando ya tiene otro en puerta. Aquél que se convertirá en amigo entrañable, maestro paciente y en fin, razón de ser.

Pero, ¿qué pasa con el autor, quién habita tras la novela? ¿Cómo vive, a qué le teme, cuáles son sus motivos y pesadillas? ¿Qué lo sacude, qué lo detiene? ¿Qué busca? ¿Qué quiere?

Las dudas son tantas que nos hemos dedicado a deificar escritores, cuando lo cierto es que sufren y ríen como cualquiera. A excepción de una cosa: alimentan sin descanso su golosa fantasía.

 

rosa montero

 

Por suerte, la escritora y periodista española Rosa Montero develó el misterio en su libro La loca de la casa (España, 2003), y atinadamente basó el título en las iluminadas palabras de Santa Teresa de Jesús: “la imaginación es la loca de la casa”. Esta obra no es crónica, ni ensayo, ni novela, más bien se trata del manual que contesta preguntas clave del proceso literario. Un rico y casi morboso retrato de autor.

La escritora se apoya en distintas experiencias como las de Goethe, Ítalo Calvino, Naipaul, Tolstói, Mary Shelley y la suya misma, para explicar cómo el que escribe es una criatura movida por la apabullante pasión de contar y trascender: “El absoluto olvido de quienes nos precedieron es un pesado manto, es la derrota con la que nacemos y hacia la que nos dirigimos. Es nuestro pecado original.” Allí radica su ansia.

 

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Este delicioso librito es catarsis pura. Una compilación puntual de los miedos y ambiciones que dan forma a tan exquisitas, temerarias y violentas cabezas. La verdad tras las letras, según Montero, quien aparte de compartir trucos y confidencias, echa mano de la ficción en tres capítulos, más para reafirmar su condición de novelista que para deleitar admiradores. Aunque de paso lo haga.

Y así resuelve el gran enigma que esconden cantidad de libros, no sin dejarnos con ganas de más revelaciones. Pues lo dicho, sin curiosidad no hay lector, y sin lectura no hay narración.

 

 

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