El arte de ser anfitriona

“Hay que hacer sentir a nuestro invitado que es bien recibido; hay que tratarlo justo como nos gustaría que nos atendieran a nosotros”, nos sugiere Graciela Pulido.

Pocas cosas estrechan tanto una amistad como una invitación a compartir la mesa, pero una ocasión así va mucho más allá de ofrecer una cena. La mesa que ponemos no es como cualquier otra: es esa que cuenta con los detalles necesarios para hacer al otro sentirse bien, los que llenan de cariño y le demuestran a un huésped que es bienvenido.

Hace unos días tuve el placer de ser invitada a casa de una señora joven. Se trataba de una tarde de plática y disfrute, ¡y vaya que sí disfruté! Sentir que te reciben con gusto, con cariño y con detalles es una caricia para el alma. La reunión estaba programada para las cinco de la tarde y, después de un buen vino y unas entradas deliciosas, la plática continuó en la terraza de mi anfitriona, donde vimos jugar a su hijo, de apenas un año y meses, con su hermoso perro. Todo esto fue parte del empeño de mi amiga por agradar, por hacerme sentir partícipe de su familia y su vida diaria. Debo añadir que la mesa de la terraza ya contaba con otras delicias y buen vino frío. Vimos la puesta del sol, reímos, nos contamos anécdotas, disfrutamos de la tarde, la vida, el cariño, la amistad.

 

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Las horas pasaron sin sentir, de pronto dieron las 10 de la noche, una hora más que correcta para retirarse; me despedí, sin deseos de irme, pero pensando que si no lo hacía no me invitarían de nuevo. Tal vez parezca superfluo hablar del tema, pero de ninguna manera lo es. Como dije al principio: pocas cosas estrechan tanto una amistad como una invitación a compartir la mesa. El menú no es lo primordial, sino hacer sentir al invitado importante, tener detalles que demuestren que se pensó en él, y que se dispone del tiempo suficiente para compartir, para escucharlo, ¡para disfrutarlo!

Reunirse con amigos o con familia es mucho más que estar juntos. Todos tenemos vajillas que sólo sacamos para las visitas; por eso, lo más correcto es que cuando estas se presenten, las utilicemos. En ocasiones pensamos: “no se me vayan a romper, mejor pongo otros platos, otras copas, otros cubiertos”. No debe ser así. Un invitado a casa siempre debe ser un gozo, por eso es importante que en la medida de nuestras posibilidades les ofrezcamos lo mejor disponible con gusto y alegría.

Hay que hacer sentir a nuestro invitado que es bien recibido; hay que tratarlo justo como nos gustaría que nos atendieran a nosotros. Aprovecha tus cosas, úsalas y compártelas. Ese mantel que tienes guardado, las copas elegantes, la vajilla esa de la caja que tienes muy acomodada en la alacena, ¿para qué te sirven allí arrinconadas?

Aunque en estos tiempos en que acostumbramos ir de prisa ‒en ocasiones innecesariamente‒ puede resultarnos tentador reunirnos en un restaurant, en lugar de preparar algo en casa; la convivencia en una situación así nunca será la misma. El disfrute en una casa es diferente, más íntimo. Además, como explicaba al principio de este artículo, no es necesario ofrecer grandes y complicada viandas: lo más importante es hacer sentir a los invitados que tienes tiempo para estar con ellos y que aprecias su amistad.

Es importante tener este tipo de detalles con tus invitados, para hacerlos sentir bienvenidos y que sepan que todo se planeó pensando en sus gustos. ¡La vida es para disfrutarse y compartirse, así sea con una buena taza de café o una copa de vino! ¡Aprovecha a tus amigos y a tu familia! Mientras tengas tiempo, ofréceles una buena plática alrededor de tu mesa, unas buenas carcajadas, una buena música y mucho cariño.

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