De los temores de la maternidad y paternidad

La comunicación en pareja sobre temas difíciles es primordial.

“¿Qué te gustaría tener?, ¿niño o niña?” Con frecuencia te preguntan esto cuando estás embarazada, y a veces la respuesta es simplemente: “no me importa mucho, con que venga bien, con que venga sano.”

Recuerdo que cuando me embaracé, poco había escuchado de historias de pérdidas de hijos en el embarazo; aunque cada vez se volvían más comunes, sobre todo antes de las primeras doce semanas. Y es por lo anterior que muchas parejas no acostumbran compartir la noticia sin estar seguros de que el o la bebé ha superado ese lapso de tiempo y, en teoría, nacerá.

Los embarazos de personas muy cercanas a mí, los que se habían logrado sin previas pérdidas, habían sido sanos, con niños nacidos sin ningún tipo de enfermedades graves, ni discapacidades que pudieran asustarnos. Sin embargo, más de alguna vez había escuchado historias que me ponían a pensar en qué sería de mí y de mi bebé.

 

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Recuerdo perfectamente aquella noche en la que mi esposo y yo asistimos a los cursos psicoprofilácticos, en los que se hablaría de los posibles riesgos que conlleva el embarazo, la formación del bebé, el parto y las cesáreas, entre otras cosas. Hablar de temas de pérdidas, discapacidades y enfermedades resultó muy difícil para todos, que en ese momento sólo pensábamos en cosas positivas para nuestra experiencia. El objetivo del curso esa noche era confrontarnos como pareja y hablar sobre qué pasaría, o cómo actuaríamos ante diversas situaciones “negativas” del proceso.

Había preguntas como: “Si durante el parto natural o cesárea existiese alguna complicación que pusiera en riesgo la vida de tu bebé y esposa, y tuvieras que elegir a quien salvar, ¿a cuál elegirías?” Una pregunta así te pone la piel de gallina ya que ¡ni siquiera contemplas la posibilidad de que algo así pueda sucederte! Resultó muy cruel siquiera escuchar la pregunta. Sin embargo, a la fecha tengo dos muy buenas amigas que pasaron por algo así. Afortunadamente, hoy los cuatro (mamás y bebés) están con vida y gozan de buena salud. Serán mamás de un solo hijo, no por elección, pero de los males, el menor. En ambos casos sus parejas tuvieron que elegir de emergencia a quién querían salvar.

Cuando escuché por primera vez la historia de mi amiga, no podía creer que de verdad la vida de ella y su bebé hubieran estado en peligro, ahora estoy feliz de que ella pudiera compartirme la historia. Al igual que la hija de los compadres de mis suegros, a quien le sucedió exactamente lo mismo dos años después.

Hace poco unos amigos a quienes quiero mucho -son de esas personas que van por la vida haciendo bien, amables, tranquilas, trabajadoras, gente linda y de buena fe- también experimentaron una pérdida tremenda. Aquí uno se pregunta: “¿por qué ellos?” Tienen un hijo de tres años, y después de él perdieron un bebé durante los primeros tres meses de embarazo. Después intentarlo nuevamente tuvieron una hermosa bebé que nació con un trastorno genético llamado trisonomia 13 que no le permitió vivir más allá de una semana.

No imagino estar en los zapatos de los papás y sentir ese dolor tan grande. Jamás se está listo para perder de ninguna manera a un hijo o una hija. Durante esa semana, lo único que yo sentí fue una angustia terrible pensando en mis amigos. Ver partir a ese angelito me pegó de una manera significativa. Sus padres lograron tomarlo, aún no sé cómo, con calma y cierta paz, pues entendieron que la misión de esa bebé había sido enorme para todos los que estuvimos al pendiente de ella. Tengo y siento mucha admiración por mis amigos y la forma y fe con que enfrentaron, y enfrentan aún, su pérdida. Yo no imagino mi reacción o la de mi esposo ante una situación así.

Nadie nos prepara para perder a un bebé ni a las ocho semanas, ni a las doce, ni a los seis meses de embarazo, ni semanas después de que haya nacido. No he tenido una pérdida así (y espero no tenerla jamás), por eso me la pensé mucho en escribir sobre este delicado tema.

Sin embargo, después de que nació mi hija, empecé a prestar más atención a los demás embarazos, partos y nacimientos a mí alrededor. Uno se vuelve más sensible a estos temas, y estamos alertas e informándonos sobre las cosas que pudieran pasar en el proceso de traer un nuevo bebé a tu vida tras una buena primera experiencia.

Ahora bien, además de estas pérdidas y situaciones de emergencia, están tres casos que me gustaría compartir: el nacimiento de tres bebés con síndrome de Down que llegaron al mundo de sorpresa. Cada bebé ha nacido en distintas familias, en distintas ciudades. No debe ser sencillo asimilar que tu nuevo bebé tendrá y desarrollará en su vida capacidades diferentes a los demás. Sin embargo, creo plenamente que son niños brillantes, hermosos, llenos de una luz y un amor por la vida sin igual. Quien recibe a un niño o una niña así ha sido bendecido, pues aprenderá que para el amor ¡no existen los límites! Aunque no lo he experimentado en carne propia -lo han experimentado amigos muy cercanos a mí- yo he aprendido a través de sus experiencias que hay que estar de alguna forma (no me pregunten cómo) preparados para todo tipo de situación.

Hay que pensarlo y no tener temor a reflexionar sobre todo lo que es posible experimentar en un embarazo. Es obvio que nadie quiere pensar mal, negativo, pero hay que pensarlo, platicarlo, discutirlo con la pareja; aunque cueste, aunque no sea un tema para la mesa de ilusiones que construimos y tenemos cuando recién nos enteramos de que vamos a tener un bebé. Créanme, es  fecha de que yo aún no discuto nada de esto con mi esposo. Sólo les aconsejo que lo hagan.

Espero de corazón no incomodar a nadie con este texto. Me costó mucho trabajo decidirme a escribirlo ya que son experiencias ajenas a mi persona, pero que pienso que también se pueden compartir desde una perspectiva externa para tenerla en cuenta para que así, podamos todos reflexionar y aprender de quienes nos rodean.

 

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