De cuentos de vampiros y ciudades medievales

“Ponen castillo de Drácula a la venta en Rumania”, leí en Twitter. No me sorprendió. La inmobiliaria de este castillo ubicado en Bran, famoso gracias a la novela de Bram Stoker —quien por cierto nunca visitó Rumania—, siempre ha hecho público que no para de recibir ofertas. Ya sea de gente que lo quiere convertir en hotel o de fanáticos de la leyenda de Drácula que quieren poseerlo como la pieza más valiosa de su colección de parafernalia relacionada con este personaje (ya sea el vampiro ficticio o Vlad Drăculea —también conocido como Vlad Țepeş— príncipe de Valaquia quien alguna vez —dicen— estuvo encerrado por dos meses en ese castillo).

Por su naturaleza de dato curioso, la noticia no causó mucho revuelo, pero gracias a ella pensé de nuevo en Sighişoara, la encantadora ciudad medieval fortificada donde hace 583 años nació el mismísimo Vlad Drăculea.

Sighi, como le dicen los locales, está ubicada en la célebre región de Transilvania que, irónicamente, no es ni oscura ni tenebrosa: lo que me encontré al visitarla fue una ciudad de cuento, como una maquetita viva de la Edad Media. El buen grado de conservación de sus calles, muros y edificios —construidos entre 1260 y 1556— hicieron que la Unesco la considerara Patrimonio de la Humanidad con justa razón. Es, aún durante el invierno (y en especial a finales de este), una ciudad luminosa, colorida y amigable. No importa que no hables rumano, la gente hará todo lo posible por comprenderte.

Con base en mi experiencia recomiendo huir de los hoteles. No porque sean malos —son pequeños todos, aquí no hay cadenas ni resorts—, sino porque la posibilidad de rentar departamentos cómodos y amplios por poco dinero (desde 70 euros por día) es mucho más atractiva. En Casa Baroca, por ejemplo, compartí habitación con mis amigas y nada nos faltó: baño privado con tina, habitación amplia con dos camas, un mini estudio ideal para escribir, una salita para tomar té por la tarde y vino por la noche, una cocina en la que todas las mañanas (por 25 euros extra) una mujer local nos preparaba el desayuno hecho con ingredientes frescos y la fantasía de habitar un cuento de hadas: la puerta de madera vieja y crujiente se cerraba con un gran pasador y un candado pesadísimo, como si tuviéramos que protegernos de hechiceros y dragones.

La comida también fue buena experiencia. Las pizzas de las cafeterías de la parte moderna de Sighişoara, atestadas de gente joven, tienen buen espíritu. Pero también lo hay —en especial para los cazadores de leyendas de vampiros— dentro de la casa donde nació Drácula, que ahora es un mini museo (que no vale tanto la pena, la verdad) y un restaurante donde los sarmales —rollitos de carne y arroz en hoja de parra— y la mămăligă —un pan de harina de maíz con consistencia de puré de papa, delicioso— acompañados por vino tinto rumano, son la mejor opción.

Luego sólo queda caminar. Sighi se recorre en unos cuantos pasos. Sus 14 torres son la atracción máxima y entre ellas destaca la Torre del Reloj, la más alta de todas, que contiene un museo de objetos medievales que merecen ser apreciados. Y claro, un reloj, uno magnífico que merecerá un post entero en otra ocasión…

En fin, no es un destino común, pero sí uno valioso. Vale la pena hacer la travesía, cruzar por tren los montes Cárpatos y encontrarse con “la perla de Transilvania”, el tesoro de la región, cuya luminosidad contrasta con la oscuridad de las leyendas que de ahí se cuentan…

Por cierto, volviendo al tema del castillo de Bran (que no está exactamente cerca de Sighişoara, pero que me dio pretexto para hablarles de ella) no tiene un precio fijo todavía, pero según el diario digital Vanguardia, hay quien ha ofrecido hasta 135 millones de dólares. Considerando que atrae a 560 mil turistas al año, nada es gasto, sino inversión. Piénsenlo.


Fotos: Mónica Isabel Pérez

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