Cuando las letras se van

orden¿Qué pasaría si el idioma se esfumara? Si en vez de especies animales desapareciera una letra cada veinte minutos. Si el papel y la tinta huyeran junto con libros, revistas y periódicos. ¿Podríamos vivir, o peor, convivir? Preguntas como éstas se hizo Juan José Millás, y así nació El orden alfabético (1998).

En medio de un delirio febril, el estudiante Julio recrea la escalofriante profecía de su padre: hartos de indiferencia, los libros emprenden el vuelo. Se fugan todos despavoridos. Nadie entiende qué demonios pasa, pero muchos, el protagonista entre ellos, festejan el curioso suceso, pues qué remedio, las escuelas cierran sus rejas.

La cosa no parece ir tan mal en el lado etéreo de la vida, o bien del otro lado del calcetín. Allí Laura, la secreta adoración de Julio, corresponde a su deseo con la misma pasión. Dentro de este mundo huérfano de páginas, tienen el tiempo a sus pies para explorarse y quererse a placer. Hasta que, desbandada libresca aparte, comienzan a descomponerse una a una las palabras, y con ellas, ay, sus significados.

Ya no hay caso en usar los armarios si carecen de nombre, así como las mesas, las cucharas, los coches y el amor mismo. De manera que este sitio, desolado y afásico, pierde todo su encanto, aún con Laura y la encía coqueta que asoma a su sonrisa. Una lástima para el chico enfermo, cuyo abuelo agoniza en la realidad, al igual que el frágil matrimonio de sus padres.

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Así, en un momento de trémula y helada lucidez, Julio comprende que “las palabras eran ventanas por las que te asomas a la realidad. Gracias a la existencia de un verbo en pasado o en futuro, las cosas desaparecidas continuaban durando y las que no habían llegado comenzaban a suceder.” Lo malo es que conclusiones como ésta le alargarán el tormento. Ni siquiera la enigmática enciclopedia que ocupa las obsesiones de su padre logrará sosegarlo, y al contrario.

Pero no hay que dejarse llevar por la catástrofe: éste es un libro de lo más divertido. Una novela cuyo planteamiento receta buenas dosis de risa ante el absurdo de imaginarnos perdiendo, como dientes de leche, letras, palabras, verbos.

Juan José Millás mezcló exitosamente un delicado sentido del humor con aquel argumento apocalíptico, tan similar a los que usaba José Saramago en sus quiméricos libros. Resulta así una historia que, de ser real (no, por favor), bien podría regresarnos a nuestros más primitivos orígenes, ésos donde el cariño se expresa con gruñidos y no queda sino comerse las palabras.

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