Código gala

Desde tiempos remotos, los acontecimientos que se catalogan como “gala” han implicado un carácter verdaderamente especial. Es por ello que los códigos de vestimenta –según las reglas más estrictas y originales– se han asociado a los atuendos de mayor formalidad, es decir, aquellos que definitivamente proyectan nuestra imagen más pulcra, fina, lujosa (no exageradamente ostentosa) y elegante. Ello implica mostrarnos en nuestro máximo esplendor.

En gran medida, las razones se relacionan con el importante significado que conlleva el haber sido invitado a alguna ceremonia de tal relevancia. Precisamente, un atuendo de este tipo debe revelar esa especie de agradecimiento, traducida en el esmero por conseguir un arreglo personal tan especial como lo es el tipo de evento. Igualmente, es una considerada respuesta para no deslucir un evento en el que, por su importancia, se ha entregado toda la atención posible, sin escatimar en esfuerzos y recursos.

De esa manera, un atuendo de gala es una suerte de muestra de cortesía por el hecho de ser tomado en cuenta para ser partícipe de una actividad de vital importancia para el anfitrión. En ese sentido, habría que recurrir a brindar lo mejor de cada uno en términos de imagen. Incluso, el portar un reloj podría ser una señal de escasa educación por depender del tiempo en un momento en el cual, en teoría, deberíamos entregar toda nuestra calma y atención. ¿O la prisa es símbolo de elegancia? La respuesta es evidente…

Con el paso del tiempo, esta idea se ha desvirtuado y hoy en día nos atrevemos incluso a desplegar “alfombras rojas” hasta en actividades de tipo social que nada tienen que ver con obras benéficas, premiaciones, discursos o formalidades en general. Y si consideramos la industria del espectáculo, el código se ha roto aún más por el hecho de que las personalidades de cada celebridad priman sobre el significado real de una gala, lo cual se refleja en looks que llegan al desparpajo o la vanguardia extrema.

Si nos remitimos al ejemplo latinoamericano de las bodas, graduaciones o eventos en los que el código de vestir requerido es una gala, también nos encontramos con la incoherencia de terminar la noche bailando a rabiar al son de canciones como “El venado”, y pasando por ritmos de reaggeton o bailes que necesariamente implican “perder la compostura”. En teoría, un atuendo de gala no debe sufrir las consecuencias de la sudoración extrema, su estructura no es adecuada para realizar movimientos corporales excesivos, o para llevarse con pies descalzos. Y este es nuestro vivo retrato en tales festejos.

Sin embargo, también es fundamental considerar que los tiempos han cambiado, que nuestras actividades ya no son las mismas de antaño, que la moda es una industria de gran influencia y, quizá ya no somos efectivamente quienes fueron nuestros bisabuelos.

La reflexión final es clara. Piense usted en qué imagen quiere proyectar de usted mismo y qué haría sentir más cómodo y satisfecho con su presencia, a quien le invita a una ceremonia de mucha relevancia. Probablemente, esta persona quiere que usted se divierta a su manera. Nuestro estilo de vida ha cambiado, lo importante es cumplir con las expectativas del anfitrión y, al mismo tiempo, divertirse, ser auténticos, pero eso sí, nunca comportarnos de inadecuadamente, destruyendo lo que se organizó para compartir de manera armoniosa, brindando por la felicidad de quienes son festejados durante la velada. Decida usted mismo…

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