CARTA EDITORIAL · CUADERNO DE VIAJES

Este número dedicado a los viajes fue realizado mientras editores y colaboradores hacíamos honor al tema. Es así que lo que aparece en estas páginas fue, todo, realizado después de largas caminatas en un país ajeno, en un trayecto en carretera, en una estación de tren o en las agitadas salas de varios aeropuertos. Hicimos esta revista mientras viajábamos, mientras planeábamos viajes y mientras revivíamos los que pueden verse y leerse aquí.

Durante esos días de producción a distancia una noticia nos desoló a todos: la de la muerte de Anthony Bourdain. Cocinero, escritor, conductor de televisión, explorador del mundo fue (sigue siendo) una de las figuras públicas más influyentes para quienes gozamos la fortuna de dedicarnos a viajar por el mundo coleccionando y compartiendo historias. Su ausencia deja un vacío no solo en el ámbito periodístico, sino también, para muchos, en el personal. No porque todos conociéramos a Bourdain. No. Eso no fue necesario para que su muerte doliera. Para estremecerse con la noticia bastaba con haber leído uno de sus artículos o uno de sus libros o con haber visto al menos un fragmento de uno de sus programas de televisión. Apasionado y entrañable, no nos mostró nunca «una nueva forma de viajar» en sus trabajos. La magia, su  magia, provenía de un lugar distinto a las pretensiones típicas que privilegian más el costo que el valor de una travesía. Sin tener que recurrir a mucho artificio, lo que hizo Bourdain fue recordarnos a todos una vieja forma de mirar. Lo que se leía y veía en sus crónicas de viaje era asombro, calidez, interés genuino en los otros y en el efecto de esos otros en él. Había hambre de probar, de saber, de escuchar.

 

En su libro A Cook’s Tour (Harper Perennial) publicado en 2001 escribió: «Quería aventuras. Quería subir por el río Nung hacia el corazón de la oscuridad de Camboya. Quería salir a un desierto en camello e ir sobre la arena y las dunas en todas las direcciones; comer un cordero entero, asado, con los dedos. Quería quitarme la nieve de las botas en un club nocturno de la mafia rusa. Quería recuperar el pasado en un pequeño pueblo pescador de ostras en Francia, entrar a una pulquería alumbrada con una sórdida lámpara de neón en el México rural. Quería experimentar el miedo, la emoción, la maravilla. Quería recibir las patadas —de esas que son emociones melodramáticas y escalofríos— que había anhelado desde mi infancia cuando veía ese tipo de aventuras en las páginas de mis cómics de Tintín. Quería ver el mundo, y quería que el mundo fuera como las películas». Todo eso lo hizo, y de todos esos deseos nos contagió, no a uno, sino a toda una generación de periodistas. Así, en mayor o menor medida es gracias a esa influencia que hoy publicamos historias como las que podrán leer en este número: la de un hombre que se estira como un pájaro dorado luego de echarse un chapuzón en el río bajo el puente de Mostar, en Bosnia y Herzegovina (pág. 38), la de un país de mil colinas donde una vez reinó el odio y ahora sus habitantes han encontrado la conciliación (pág. 46), la de una mujer venezolana que se ha acostumbrado a las despedidas, pero que mantiene la esperanza de que su país volverá a la abundancia y con ello regresarán los seres queridos que migraron (pág. 60) y la de un escritor que no sabe montar a caballo, pero que vio su piel erizarse en el corazón de la Ruta de la seda y ahora nos invita a vivir con los hombres seminómadas de Kirguistán (pág. 68). Todo eso y un poco más que se narra en imágenes: las calles de Chicago, los paisajes de Argelia, la vida en azul de Estambul. En fin, un vistazo breve, rápido, hambriento, a ese mundo que, a veces, como
Bourdain, también queremos que sea como en las películas.

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