BUSCANDO EXTRAÑARME LLEGUÉ HASTA AQUÍ

«No fotos», dice el letrero a la entrada del local. La verdad es que es imposible hacerle caso. Cualquier amante de los libros desea guardar un pequeño recuerdo visual de su visita a Shakespeare & Company. Esta librería parisina fundada en 1919 por la editora estadounidense Sylvia Blench, no siempre se encontró en el local de Rue de la Bûcherie, donde se le conoce de los años 50 hasta hoy. Muy al inicio, cuando era la primera librería anglosajona de París, se encontraba en el número 12 de la calle Odeón. Manejada por su propietaria, se convirtió en un punto de encuentro para los intelectuales angloparlantes de la época. Se reunían ahí, sólo por mencionar a algunos, personajes como F. Scott Fitzgeralg, James Joyce, Ernest Hemingway, Ezra Pound y la influyente escritora Gertrude Stein, un fascinante círculo románticamente registrado en Medianoche en París, la película de Woody Allen, en la que un joven guionista interpretado por Owen Wilson viaja en el tiempo a los «locos años 20» y donde, precisamente, este personaje tiene una breve escena saliendo del local actual de la librería.

Debido a efectos de la Segunda Guerra Mundial, este spot de la «Generación Perdida» (como se conoce al mencionado grupo de escritores estadounidenses que habitaban París por ese entonces), la librería cerró en 1941 y no hubo otra similar en la capital francesa hasta 10 años después, cuando un hombre culto y aventurero llamado George Whitman abrió Le Mistral. A la muerte de Blench en 1962, Whitman decidió hacerle homenaje a la editora del Ulises de James Joyce, tomando el nombre de su librería y, desde entonces, Le Mistral se convirtió en la nueva Shakespeare & Company. En sus primeros años, esta segunda versión del local literario alojó en todos los sentidos a los escritores de la generación beat, como Allen Ginsberg, Gregory Corso y el precursor del movimiento, William Burroughs. Eran compradores, a veces presentadores, pero principalmente huéspedes del lugar. Shakespeare & Company ha sido, casi desde sus inicios, un refugio para viajeros sin techo que cambian un espacio para dormir por horas de trabajo en la librería.

 

Yo llegué ahí una noche de otoño. Acababa de salir de Notre Dame; llovía un poco y hacía frío. Además de un poco de calor, buscaba un libro. Encontré poesía por todas partes. Decidí no hacer caso del letrero, preparando una disculpa en francés por si acaso alguien me interceptaba tomando fotografías. Todos me vieron, pero nadie me dijo nada. Asumo que saben que es irresistible querer guardar un poco de ese espacio en la memoria del cuerpo y en la del celular.

No me quedé a dormir ahí porque afortunadamente tenía un departamento en Belleville, que compartía con dos grandes amigas. Con ellas había caminado todo ese día por París, haciendo nada y todo a la vez. Compramos libros beatniks y algunas libretas. Nos leíamos las unas a las otras los pequeños poemas o mensajes que encontrábamos en las paredes. Una hoja blanca colgando en un pequeño espacio donde se encuentra una máquina de escribir que ya nadie usa, decía «Buscando extrañarme llegué hasta aquí», una sensación que mis amigas y yo entendimos muy bien porque la compartíamos.

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De todos los textos que vi por ahí, el que más tocó mi corazón aquella noche fue el que se encuentra escrito en una escalinata de la laberíntica librería; es una frase del poeta persa Hafez de Shiraz, apta para los escritores en ciernes decepcionados de sus creaciones que, como yo, llegan a lugares lejos de casa buscando extrañarse y que, algunas noches y sin querer, se sumergen en episodios de nostalgia que se fortalecen con el frío: «Desearía poder mostrarte, cuando estás a oscuras o en soledad, la extraordinaria luz de tu propio ser». Me gustó tanto que tomé una foto.

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