BREVE HISTORIA DE UN AMULETO

«—Me temo que no es gran cosa. Y no lo era; una medalla de San Cristóbal. Pero, como mínimo, era de Tiffany’s». El escritor Paul Varjack, quien no se distinguía por tener una fortuna, buscaba alegrar a Holly Golightly, la extravagante mujer de quien estaba enamorado. Ella, obsesionada por Tiffany & Co., tenía la curiosa costumbre de desayunar frente a la joyería ubicada en la Quinta Avenida de Manhattan, de la que soñaba poseer todo lo que estaba del otro lado de la vitrina. Comprar aquella medalla, una de las piezas más accesibles de Tiffany & Co., para él significaba un sacrificio que no le aseguraba ninguna respuesta positiva de parte de Holly. Podía ser, más bien, que para Holly fuera algo intrascendente, un obsequio más de parte de uno de sus muchos pretendientes. «Holly no era una chica capaz de conservar nada, y a estas alturas seguro que ya ha perdido la medalla, que la ha abandonado en alguna maleta o en el cajón de algún hotel», es el lamento que se lee en voz de Varjack, narrador de Breakfast at Tiffany’s, la novela de Truman Capote que alcanzó fama mundial cuando fue llevada al cine con Audrey Hepburn en el papel de Holly.

El mensaje que aparece en la web de Tiffany & Co. cuando se busca la medalla de San Cristóbal es un desalentador «This item is no longer available». Lleva unos años así. Recuerdo que cuando comencé a buscarla costaba unos 50 dólares, tal vez menos. Aún estaba disponible y, en lugar de comprarla en aquel momento, di por hecho que siempre estaría ahí. Como es de suponerse, el día que la quise comprar, ya no existía. Busqué en la página y me encontré con el mensaje que dejaba claro que no estaba disponible. Me entristeció. Quería la medalla porque me recordaba el pasaje de la novela y también porque San Cristóbal es nada más y nada menos que el santo protector de los viajeros. Su nombre significa «portador de Cristo», y se cuenta que lo obtuvo porque un día, sin saberlo él, ayudó a Cristo a cruzar un río de aguas difíciles.

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Busqué la medalla en ventas de segunda mano en internet, pero los precios estaban demasiado inflados y no había mucha seguridad de que se tratara de piezas originales. Comencé, pese a la indicación de la página, a preguntar por la medalla en todas las tiendas Tiffany que me fui encontrando en el camino: la pedí en París, en Houston, en Shanghai, en la boutique de El Palacio de Hierro Polanco en la Ciudad de México y en la mismísima tienda de la Quinta Avenida donde desayunaba Holly. En todas me decían lo mismo: que no la tenían y que ya no la iban a tener.

Dejé de insistir. La verdad es que desear demasiado un objeto material nunca tiene mucho sentido. Preguntar por la medalla se había vuelto más bien un juego para mí, Tiffany era como un check-point en cada ciudad. Y ya. Pero un día de mayo mi suerte cambió.

Era una mañana de mucho sol. Fui a comer el brunch con mi amiga L., quien vive en Hollywood, al restaurante The Terrace del hotel Peninsula. Estaba recién inaugurado luego de un periodo de remodelación. Comimos nada más que delicias. Salmón con eneldo, crema de maíz dulce, robalo con espárragos y mantequilla de limón y, como postre, un pastel de chocolate con flores que lo hacían ver como un pequeño jardín habitado por hadas. Luego del festín decidimos dar un paseo y caminamos por Rodeo Drive para hacer window shopping, un poco a la manera de Holly, sólo disfrutando la belleza de los objetos de los aparadores. Y entonces llegamos ante las vitrinas de Tiffany & Co.

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Mi amiga, que era consciente de mi afición, me animó a preguntar por la medalla. Yo ya estaba un poco cansada del juego, pero la boutique de Beverly Hills es tan, tan grande, que eso me dio esperanzas. Me dijeron lo de siempre: no hay. Pero por primera vez en varios años, a esa respuesta se agregó una pregunta: ¿quieres que averigüe dónde está? La ubicación nos provocó risas tanto a la dependiente de la tienda como a mi amiga y a mí: la medalla estaba en la boutique del Palacio de Hierro de Santa Fe, en la Ciudad de México. Es decir, siempre estuvo cerca de mí.

 

*

Al regresar de mi viaje la compré. El juego con el que me entretuve varios años terminó de un día a otro con la compra de cuatro onzas de plata guardadas en una cajita verde y con lo que me pareció una gran metáfora de la vida de los protegidos de San Cristóbal: el viajero debe ir de un destino a otro y preguntar, no dejar de hacerlo, debe ser curioso e insistir, tratar siempre de encontrar lo que busca, aún a sabiendas de que las respuestas que espera están—casi de manera invariable—en el lugar donde nace todo, ese donde se encuentra protegida la parte más profunda de la raíz que le permite florecer en el resto del mundo, un breve y único espacio del globo llamado «casa».

 

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