Belleza latina

Debo confesar que a la edad de 10 años, y como es tradición en Venezuela –mi país natal-, me dejé encantar con la estética femenina que prima en Sudamérica; fue el resultado de que en el año 1984 prestara atención por primera vez al certamen de belleza nacional. Esas espigadas y elegantes mujeres me condujeron a una percepción de la anatomía femenina muy particular, cónsona con la cultura de aquella nación.

Con el paso de los años, ese gusto por las misses se afianzó y me convertí en uno de los más fervientes admiradores de esas jóvenes, entre tantos fanáticos que siempre han existido en la tierra de las reinas de belleza por excelencia.

Sin embargo, para 1989 una enigmática mujer llamó mi atención como nunca antes lo había conseguido otra candidata. Patricia Velázquez era una especie de Monalisa contemporánea, con una cautivante mirada y, sobre todo, una singular fisonomía de rasgos propios de sus raíces indígenas wayúu.

A pesar de que Velázquez consiguió un sitial de honor en la justa de belleza, llamó la atención de los mercados de moda, y triunfó. Chanel, John Galliano, Vogue, entre otros renombrados nombres, contrataron a Patricia, quien fue una importante modelo en la década de los 90. El seguir a esta mujer me llevó a descubrir un nueva nueva dimensión de la estética femenina, el de la naturalidad y los rasgos particulares.

De allí en adelante, mi admiración por las misses se trasladó a las “maniquíes” de la industria de la moda. Amber Valetta, Irina Pantaeva, Jenny Shimizu, Alek Wek, Linda Evangelista, Christy Turlington, Trish Goff, Kate Moss, entre miles más, invadieron mi habitación, mis cuadernos, y todo lo que me rodeaba. Veía sus fotografías, leía todo lo que se escribía acerca de ellas, y anhelaba que en algún momento pudiese tener la fortuna de estar en el lugar de esos nombres que publicaban sus impresiones sobre las profesionales de la moda; más aún por haberme formado en publicidad y estar cursando estudios en comunicación social.

Al iniciar mis labores oficiales en el medio de la moda, principalmente en México, el deleite fue mayúsculo. Y aun cuando tuve la oportunidad de contemplar cercanamente a Alek Wek, Eve Salvail y Carmen Dell’Orficce en Caracas (desfiles de Ángel Sánchez y Durant & Diego), el estar ahora rodeado casi los 365 días del año de modelos, ha sido algo verdaderamente gratificante, por la posibilidad de la contemplación y el deleite cotidiano.

Uno de los momentos más gratificantes fue cuando tuve la oportunidad de trabajar con Cristina Piccone; y no solo por un asunto de estética que es evidente, sino por la fuerza que es capaz de transmitir, además de que en ese entonces, su futuro en los mercados importantes de moda era indudable.

Más tarde, Piccone consiguió traspasar fronteras. Actualmente, su vida laboral se divide entre varios países. Bottega Veneta, Carven, Emporio Armani, Marc Jacobs, Alexandre Herchcovitch, han recurrido a su extrema elegancia para recorrer las pasarelas como solamente ella sabe hacerlo.

En la poca comunicación que he podido tener con ella durante estos últimos años, ha demostrado ser poseedora de un corazón lleno de afecto, y una inteligencia digna de una mujer poseedora de una belleza integral que sobrepasa ese hermoso estuche anatómico que hoy representa, en cierta forma, a sus paisanas en el mundo.

Junto a ella, muchas otras mexicanas se encuentran derrochando glamour en otros mercados, y dejando en claro que vivimos en una tierra donde la belleza está por todas partes.

Hoy, me encuentro en un maravilloso país, haciendo eso que en los años 90 tanto soñé. Pero también esperando ansiosamente al siguiente concurso de belleza; pues aunque no esté totalmente de acuerdo con ellos, cuando descubrí la moda ese tipo de certámenes pasó a ser para mí lo que comúnmente se conoce como guilty pleasure

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