Balenciaga: el legado del “maestro”

Innovador, joven, auténtico, así era el Cristobal Balenciaga que ganaría el respeto de tantos a su corta edad, siendo uno de los mayores partícipes a la historia de la moda a nivel mundial.

Nacido en 1895 en Getaria, Gipuzkoa, España, el futuro diseñador vasco fue uno de tres hijos, de madre guerrera que, tras la muerte de su padre, decidió hacer todo por ellos. Se dice que Balenciaga estaba fascinado con su trabajo y pasaba horas a su lado, ya que se dedicaba a la costura. Ésta sería la primer ocasión en la que Balenciaga tendría una aproximación con lo que le deparaba el destino.

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De carácter introvertido, dedicaba la mayoría de su tiempo a perfeccionar y simplificar los cortes y líneas. Nunca bocetaba, como Madame Vionnet, siempre comenzaba por la prenda. En sus noches de insomnio le sorprendían doblando la tela de la parte inferior de las cortinas, hasta que resolvía el asunto.

Balenciaga abrió su primer establecimiento de vestido en San Sebastián, antes de la Primer Guerra Mundial, y una segunda en los años ’20 en Madrid. Tenían por nombre “Eisa”, isnpirado en “Eisaguirre”, el nombre de soltera de su madre. Al momento, Cristóbal viajaba a París para adquirir piezas de los nombres legendarios del momento, como Chanel, Vionnet, Lelong y Schiaparelli. A su regreso, el vasco cuidadosamente les aplicaba ingeniería inversa para examinar las técnicas y trucos especiales que habían incluido al momento de elaboración.

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Una vida de auto-aprendizaje le darían las habilidades necesarias para lograr numerosos cometidos durante su carrera. Dior admiraba tanto sus técnicas que aceptaba que podía cortar y coser mejor que nadie en París. Es así como le apodaron “maestro de maestros”, “arquitecto de la alta costura”, el “único auténtico couturier” y más.

Sus diseños eran para una sola mujer en específico; construía para modelos de una edad definida, no menor de 25 y sin límite superior, que no fueran muy delgadas para mostrarlos. Debido a su naturaleza reservada, el couturier evitaba a toda costa conocer a sus clientes cara a cara. Aún así, sus diseños eran impecables. Su única excepción era la prensa y la correspondencia, pues conocería a mujeres como Bettina Ballard, la editora parisina del momento en Vogue, y Carmel Snow, editor en jefe de Harper’s Bazaar.

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Gracias al new look de Dior, París tomaría una nueva voz ante el mundo de la moda, y sería momento para tomar provecho por parte de Cristóbal. Para los años ’50, Christian y Balenciaga lideraban la moda parisina. El “arquitecto de la alta costura” incursionaría con los hombros amplios y deshaciéndose de las cinturas, el balloon jacket y el vestido de túnica.

sin embargo, el maestre comenzaría su retiro a la anonimidad tras algunos encuentros con la prensa americana, siendo el primer couturier que retrasaría las entregas oficiales de las colecciones de París, seguido por Givenchy e Yves Saint Laurent, con la intención de preservar la integridad de sus prendas.

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A pesar de que sus diseños no eran para comercializarse, sino para darle gusto personal, Balenciaga pudo llenar de estilo a personas de la talla de la Duquesa de Windsor, Bunny Mellon, Babe Paley, Millicent Rogers, Pauline de Rothschild, Gloria Guinness, Marella Agnelli, Mona von Bismarck, y más. Esta última le era tan fiel que cuando supo del cierre de las colecciones de Balenciaga, en 1968, se encerró por tres dias en su villa Capri, pues no sabía qué sería de su vida sin sus diseños.

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Aquello que Cristóbal transmitía a sus clientes no era un vestido, sino una experiencia que la indumentaria le daría a quienes la portaban.

Si deseas ser testigo de sus grandes obras, recuerda que el MUSA Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara alberga una exposición gratuita que te fascinará.

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