Bajo el sol de Ojai

 

Cuando pienso en Ojai, pienso en el sol sobre nuestras cabezas. Un sol de luz blanca y directa que nos calentaba el pelo al grado de temerle a una pronta insolación. Llegamos ahí en el primer tren del día desde la estación de Los Ángeles que tiene pinta medio de hacienda mexicana y medio de edificio art déco aunque estos estilos parecieran no poder mezclarse, y en la que luego de la recepción al estilo europeo, está el muy americano y colorido mural City of Dreams / Rivers of History hecho por el artista Richard Wyatt.

 

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Vimos, en el camino a Ojai, un lugar llamado Casitas Springs, que se autopromociona por medio de mantas que indican que ahí, alguna vez, vivió el músico Johnny Cash. Pero no bajamos sino hasta la estación planeada, desde la que caminamos hacia una parada de autobús, a sólo unas cuadras, para esperar el camión al centro que nunca llegó. Cuando no sabíamos que eso pasaría, decidimos esperar con paciencia durante un buen rato, sentadas en una banca con nuestros abriguitos de lana y animal print que eran perfectos para la fresca mañana angelina, pero nada adecuados para el bochornoso y potente sol de Ojai.

 

Nos veo de lejos, sentadas en la banquita con nuestras pequeñas maletas y sufriendo a causa del sol y de nuestras ropas sofocantes y pienso en las chicas pseudoglamurosas con look a lo vintage que aparecen en cientos de películas buscando suerte en California.

Cansadas y algo quemadas, terminamos por pedir un Uber que nos cobró más o menos unos 12 dólares para llegar a un café del que leímos en TripAdvisor. Se llama Knead. Compartimos un sándwich de huevo con jamón y queso y un pan dulce adornado con frutas y crema batida que era muy suave y que tenía un dulzor sutil y elegante como se espera que sea el de los pastelitos que llenan las vitrinas de las pâtisseries de París.

 

Habiendo desayunado caminamos hacia nuestro hotel, que no era nada convencional: Caravan Outpost es un conjunto de caravanas fijas donde cada vehículo es una habitación. La nuestra se llamaba Earl y era perfecta con su cama mullida, su baño milimétrico y su tocadiscos junto a la ventana.

Caravan Outpost lo creó Branden Peak –en conjunto con sus socios– como respuesta a una pregunta que propios y extraños le hacen con frecuencia: ¿qué se siente vivir en una caravana? Le preguntan esto porque él ha vivido en una durante cuatro años recorriendo Estados Unidos. Este hotel es una probadita de la cotidianidad de un nómada (de la que habla en el texto «Catálogo de nómadas», de nuestra edición Otras latitudes [julio, 2017]).

 

Dejamos las maletas y fuimos a caminar al pueblo, que es pequeño, pero que está lleno de maravillas que no se acaban de conocer: tiendas de diseño, boutiques de moda, heladerías, cafés, restaurantes, bares y spas que, bien se sabe, están entre los favoritos de las estrellas de Hollywood, y también hay una librería en la que mi amiga L. y yo decidimos perdernos.

Por fuera, Bart’s Books ofrece decenas de libros que se pueden llevar a cambio de una cooperación voluntaria que no exige más que unos cuantos centavos. Por dentro, es un laberinto de libros en los que uno puede permanecer largas horas. Yo me hice de un par de adquisiciones, que incluyen Door Wide Open, una recopilación de correspondencia entre los escritores Jack Kerouac y su ex novia Joyce Johnson.

 

De vuelta al hotel descubrimos unas hamburguesas que merecen ser visitadas una y otra vez. HiHo! (que según últimos reportes se han mudado a Santa Mónica), perfectas en sus proporciones, acompañadas con sus sodas caseras y sus aros de cebolla crujientes.

 

En Ojai leímos, escuchamos discos en un tráiler, reímos, trazamos garabatos en nuestros cuadernos y, cuando cayó la noche, nos sentamos ante la fogata que encendió Branden.

Desde ahí, frente al fuego, podíamos escuchar música de los años 50 que provenía de la casita que en Caravan Outpost funciona como un lobby y como una tienda donde se pueden comprar todos los elementos necesarios para llevarse un poco de ese estilo de vida a casa y sentir un poco menos el peso del sedentarismo.

Nos preparamos unos s’mores, que son bombones y chocolates derretidos entre dos galletas y haciendo eso conocimos a una familia de LA, que durante un fin de semana quería vivir como Branden. Y ahí, mientras asábamos salchichas y bombones, miré el fuego y pensé en el sol quemante de Ojai que me había recibido esa mañana con su ardor y que, muy pronto, dejaría de ser una visión de malestar para convertirse en una breve y lejana luz resplandeciente entre los miles de recuerdos que se me han ido incrustando en la memoria.

 

Fotos: Mónica Isabel Pérez

 

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