Auster y el prodigio de vivir

Cuando supe que Paul Auster pisaría tierra mojada en la última FIL, corrí a comprar El Palacio de la Luna; libro al que desde hacía años le eché el ojo, y por desidia o distracción no leí hasta entonces. Oí puras cosas buenas del texto, todas acertadas y casi tibias, si me preguntan a mí, que hacía mucho no me topaba con una novela tan sorpresiva y entrañable.

En El Palacio de la Luna (1989), Marco Stanley Fogg cuenta su historia, que empieza cuando muere el tío Víctor y Fogg se descubre perfectamente solo. Huérfano de madre y sin saber siquiera el nombre de su papá, Víctor el clarinetista fue la única familia que Marcó Stanley conoció, y era perfecta. Ambos vivían en un mundo aparte. Allí los libros, la música y las carcajadas bastaban para ser felices. Hasta que el protagonista se muda a Nueva York, donde el trajín universitario, la cartera vacía y la muerte conspiran para separarlos definitivamente.

Una vez resignado al mundo sin Víctor, Fogg se hizo cargo de su soledad… ignorándola. Leyó los cientos de libros que el clarinetista dejó a manera de herencia, y a sabiendas de que eran aquéllos su único patrimonio, los fue vendiendo para sobrevivir. Eso habría querido Víctor, serle útil hasta el último instante. “Para mí, los libros no eran tanto el soporte de las palabras como las palabras mismas y el valor de un libro estaba determinado por su calidad espiritual más que por su estado físico.”

Pero los libros no eran tantos, ni los libreros tan generosos, y al poco tiempo Marco tenía las arcas desiertas. De sus bolsillos no salía más que polvo. Logró terminar la universidad con regímenes que hubiesen hecho las delicias de cualquier espartano, y no experimentó la menor satisfacción al respecto. Su enclenque orgullo no bastaba para sacarlo a flote, y así se hundió.

De pronto, Fogg pasó a robustecer las filas de vagabundos que mendigaban por La Gran Manzana. Ahora Central Park era su suite y en los cubos de basura le esperaba el desayuno continental. No tenía a nadie, pero la curiosidad propia de su situación fue impulso suficiente  para no acabar junto a Víctor antes de tiempo.

Parecía que la suerte de Marco Stanley no podía empeorar más, y aun así exprimió fuerzas de su tío y de los libros que compartieron para verse a sí mismo como un aventurero en tierras desconocidas, como una fuente de energía que se recargaba con el runrún de la ciudad.

Y así la historia de Fogg se extiende a lo largo de muchas otras páginas, cada una más brillante y reveladora que la anterior. Esta novela respira por sí sola, y el estilo de Auster, chispeante en cada sílaba, no se limita a contar las aventuras del joven huérfano, le hace también un homenaje a la vida. Una oda capaz de conmover al más hosco y por qué no, de exprimirle quizás un par de lágrimas.

Hay libros que se leen con un nudo en la garganta, con la convicción de estar descubriendo un secreto importantísimo para seguir adelante. Éste es uno de ellos, y no se necesita a ser tan perspicaz para entender que Stanley Fogg fue sólo el pretexto de Auster. La verdadera razón para escribir y leer El Palacio de la Luna es festejar: enhorabuena, estamos vivos.

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