ALMA DE NIÑO

andares_35-v-81

Los adultos tratamos de enseñar a los niños las lecciones de la vida cuando en realidad son los niños quienes tienen un montón que enseñarnos a nosotros. Después de todo, el entrañable personaje de El Principito —creado por el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry— no estaba equivocado cuando decía que los adultos olvidamos siempre lo que es esencial. Gracias a su historia recordamos que necesitamos volver a encontrar y reconectarnos con los valores elementales de la vida. Y es que los ideales del hombre civilizado en la sociedad moderna no nos están llevando a la felicidad.

Los adultos nos hemos convertido en hombres trabajadores, serios y algo superficiales. El mundo gira alrededor de las finanzas, de las apariencias y de lo que llamamos éxito. Con los años nos hemos convertido en personas aisladas y tristes. Hemos perdido muchas cosas muy valiosas que sí teníamos cuando éramos niños y que, si recuperamos, nos ayudarían a tener una vida más bella y mucho más ligera. Nuestra imaginación, por ejemplo, que nos acompañaba en esa época en la que el tiempo era más lento y donde nuestra mayor preocupación era que las olas del mar no desmoronaran nuestros castillos de arena.

La capacidad de asombro es otra cualidad perdida que habría que rescatar para que todo vuelva a ser maravilloso, nuevo y emocionante. Sólo mirar una ardilla comer una nuez, ya nos iluminaba la sonrisa el resto del día. Esos pequeños detalles, que ahora nos pasan inadvertidos, a los ojos de un niño son chispazos continuos de felicidad. Reencontrarnos con estas viejas capacidades son la clave para mantener un corazón alegre que, al mundo, ofrece más de lo que puede dar un alma estresada.

El Principito es un libro que nos recuerda el valor de los lazos inquebrantables: el amor y la amistad. Nos habla también de la fidelidad que nace de la confianza que se crea entre dos personas que han decidido compartirse sus mundos entre sí y de cómo el corazón, pese a lo difíciles que puedan llegar a ser ciertos momentos de la vida, mantiene tan fuerte los hilos de unión con quienes ama, que estos no se rompen jamás. Bajo una óptica pura e infantil nos desafía con sus preguntas y cuestionamientos acerca del valor real de las cosas, haciéndonos caer en cuenta de que la inocencia de un niño —desde su mente no contaminada por la sociedad moderna— es como mejor se comprende la verdadera belleza, y que si el mundo estuviera regido a través de una mirada más real, más bondadosa y mucho menos ambiciosa, nuestros problemas serían menores. La lección es básica, pero significativa: «Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos».

Lectura obligada, es, para quienes son padres, una buena forma de acercarse a sus hijos. De recordar que no sólo hay que enseñarles, sino aprender de ellos, puesto que su visión de la vida es una receta infalible para conseguir mejores uniones y mayores alegrías.

 

  • Comparte en:

Comments are closed.