Al diablo las matemáticas

41Eu6lpfGfLNadie nos advirtió que tras el viacrucis de la primaria se agazapaba una bestia despiadada. Un monstruo más temible que el Chupacabras, el Mochaorejas, el Coco, el señor del costal y Sergio Andrade juntos: las matemáticas. Cayeron por sorpresa, y cuando quisimos escapar, un imponente ejército de sumas, restas y quebrados custodiaba ya nuestras butacas.

Aquellos malditos números nos hicieron sufrir lo indecible con sus metamorfosis misteriosas, pero lo cierto es que conmigo se ensañaron. Me acuerdo que pasé decenas de recreos encerrada en el salón con la maestra en turno, intentando corregir las operaciones de la tarea. Ésas que, si no había entendido una tarde antes, mucho menos podría resolver con el estómago vacío y la rabia creciente de estar desperdiciando el único momento agradable en la cárcel.

Por eso, y por incontables berrinches más, lamento no haber leído a los diez años El diablo de los números, escrito por Hans Magnus Enzensberger en 1997. Aunque hoy, tres lustros más tarde, ha caído en mis manos como un dulce bálsamo reivindicador que, believe it or not, me reconcilia con la odiada asignatura.

El pequeño Robert también detesta las matemáticas. No sabe si le desespera más lo abstracto de la aritmética o que su maestro, el señor Bockel, lo relacione todo con comida. Igual no entiende nada, y las pesadillas que plagan sus madrugadas le empeoran el desempeño.

En otra de esas noches delirantes, tras haberse evitado la monserga de entrar en el menú de cierto enorme pez, un sueño súbitamente apacible trae consigo al que pronto será su gurú matemático. Un menudo y anciano diablo, de elegantes modales, que comienza por explicarle el origen de su tormento escolar: el número uno.

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Los primeros sueños a su lado son agotadores. La actitud irascible del pequeño erudito, la complejidad de las lecciones y el persistente miedo del protagonista no terminan de embonar. Pero al correr de las noches, tanto el lector como Robert agradecen al cielo (¿o al infierno será?), la colorida presencia del demonio.

De los números de Bonatschi a las raíces cuadradas y los porcentajes, Robert va comprendiendo, con dibujos y juegos, eso que nunca antes pudo aceptar: las matemáticas no sólo son fáciles, también son apasionantes y hasta divertidas.

Quién nos hubiera dicho a tantos condenados que para realmente librarnos de ellas, más que mandarlas al demonio, debíamos invocar al de los números. En conclusión: soñar con los diablitos.

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