Adolescentes “flojerosos”

No sé si exagero pero creo que estamos en la época de los adolescentes flojerosos.

Asisto a una comida en donde había personas de todas las edades, festejando un cumpleaños, y la familia entera estaba reunida. Los jóvenes de entre 14 y 19 años, sentados, por decir sentados, pues estaban casi recostados, todos chuecos, con el teléfono en la mano, texteando o simplemente callados sin interesarse en ninguna plática. Quitaban los deseos de platicar a los que intentábamos conversar con ellos de algún tema pues nada parecía interesarles. Si se les preguntaba algo contestaban con un lacónico, “sí” o “no”, o simplemente respondían con un “ajá”. Yo veía a los papás tan tranquilos y pensaba “¿qué pasa con esta generación?”; aclaro que soy una persona por demás moderna y adaptable a los tiempos actuales, pero me hice dos preguntas: primero, ¿qué pasa con los jóvenes que nada les entusiasma? y segundo ¿qué pasa con los papás que permiten que vivan en esa perpetua pereza sin decirles nada?, ¡y lo peor! permitiendo que así sea.
Primeramente, mira jovencito estás en un evento familiar y te sientas como se debe, y dejas a un lado el teléfono. Después, contestas bien cuando se te pregunta algo y no un “sí” a secas o un “órale”. ¿Les gustaría a ellos recibir un no, así, lacónico y flojeroso cuando piden el coche prestado, o cuando piden dinero para ir al antro?
¿Cómo podemos pedir a los jóvenes educación si los papás hacen justo lo que no se debe hacer? Empezando por permitir que los hijos hagan lo que quieran, porque tal parece que les tenemos miedo y no somos capaces de decir un NO categórico, o reprenderlos de alguna forma. Enseñarlos a tener reglas, a comportarse correctamente. Tal vez para no tener problemas se les dice sí a todo, sin importar el daño que en realidad se les está haciendo.

graciela

Parece que ya nadie tiene apellidos, todos saludan con el nombre de pila, un “¡Hola Carla!”, y lo triste es que inclusive en negocios serios es ahora la costumbre. El otro día fui a una agencia de automóviles, y el vendedor me saludó, “¡Hola soy Daniel!”, ¿no sería más agradable ser recibido con un “Buenas tardes, soy Daniel González, a sus órdenes”? Después de todo vas a comprarle algo de lo que el vende, y de esta visita va a recibir un beneficio. No, más fácil “Hola soy Daniel”. ¿Sus mismos jefes, así saludan entonces?, ¿cómo? Pues parece que no nos preocupamos por hacer las cosas bien, que ya nos acostumbramos y lo peor es que así seguimos, de mal en peor.
¿Y qué decir de las chicas?, que cuando van a salir con alguien y preguntas “¿cómo se llama?”, “Carlos”, “¿Carlos qué?”, “no pues no sé”. Y luego te platican: “conocí un muchacho lindísimo, y lo voy a ver mañana”, “ah, qué bien, ¿y cómo se llama?”, “Javier”, “¿Javier qué?”, “no sé, Javier”.

Otra cosa que me llama la atención, en la escuela, no se le ocurra a una maestra o maestro reprender a un largucho de 15 años, porque los papas van se quejan y hacen responsables completamente a la escuela porque no les enseñan. “¿Por qué reprueban a mi hijito si él sí estudia?, lo que pasa es que el profesor no lo enseña bien”, y el regañado es el maestro. ¿Han pensado cómo se siente el muchacho? ¡Feliz y satisfecho!, y por consecuencia, ¿cómo va él a tratar a los demás?, ¿y qué sucederá cuando su papi o su mami ya no estén a su lado, y algo no le salga bien? ¡Piénsenlo!
Nadie puede querer más a un hijo que sus padres, ¡pero es importante hacerlos entender que si se les reprende es por su bien! Y al hacerlo no pasa nada. Pero ahora la moda es: “¡se va a traumar!”. Nadie se trauma por un grito a tiempo, pero repito, a tiempo. Porque de nada vale llorar después.

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